Liposucción digital

estrella

Cierta estrella del cine para adultos ha puesto a la venta sus implantes mamarios. La noticia es, como mínimo, llamativa. Y más pintoresco aun resulta que tenga comprador. Un devoto del género los ha adquirido para tenerlos en el salón de casa, enseñarlos a las visitas, usarlos como pisapapeles y tal. Bueno. Aún hay esperanza, me digo. Desde luego, hay demanda para cada oferta, es cuestión de encontrarla.

Las empresas y las personas no son tan diferentes. Tu puedes coger unas piernas viejunas y varicosas, hacerles una buena liposucción, quitarles la celulitis y las varices y dejarlas como las de una quinceañera. Técnicamente es posible ¿Y eso les va a devolver las ganas de bailar? Pues seguro que lo tendría más fácil, menos grasa, mejor circulación, y sin duda alguna mejor pinta. Pero no deja de ser una extremidad a las órdenes de una voluntad. Si el espíritu está agotado, si no hay ganas de bailar, no hay mucho que hacer.

Con las empresas pasa algo parecido. Los que trabajamos en ellas obedecemos a una única voluntad -al menos en teoría- que representa los valores de la compañía, y que respalda la tan manoseada “misión y visión”. Pero estamos en plena disrupción: El mundo de lo digital ha aparecido como una tromba, y en muchos casos se ha llevado por delante la misión, la visión, el profit, los clientes, el talento y no digamos ya los valores.

Hay empresas que -aunque suene muy duro- tienen ya muy poco que decir en el mercado. Sufren, agotan sus recursos, queman a su gente, o tiran los precios en un intento desesperado por sobrevivir. Y no, no les sirve de mucho digitalizarse.

Lo que les toca ahora es la nada grata tarea de parar, revisar la misión y el negocio, y ver si tiene sentido seguir haciendo las cosas como hasta ahora. Si esto se arregla con un toquecito de bótox o bien necesita un trasplante. Y cuando hablamos de grandes organizaciones no es nada fácil, principalmente porque tiene que estar muy bien estructurada y comunicada para que esa nueva misión cale de arriba a abajo y con rapidez. Es entonces cuando entra en juego la transformación. Pero no es justo que la responsabilidad del cambio recaiga en la tecnología. La tecnología ayuda, pero no puede ser el motor. A menos que queramos “migrar” al negocio digital. Sería el caso del Ave Fénix, que tras abandonar su lamentable y penoso estado se convierte en un nuevo polluelo listo para repartir leña. Traducido a lenguaje empresarial significa -como imaginaréis- “cierra el garito y ve abriendo otro, que aquí no tienes nada que hacer salvo perder dinero”.

La transformación consiste en revisar la misión, decidir si hay que cambiarla, ver qué tenemos para lograr la nueva y -ahora sí, con la ayuda de la tecnología y el talento- reinventarnos y volver al ruedo. Hay muchas empresas que ya no están en el ruedo y aún no se han dado cuenta. “Quién se ha llevado mi queso” es una vieja fábula que me encanta porque siempre tendrá vigencia. Aunque lo malo es que no te dice qué debes hacer cuando llegas a por tu queso y ves que ya no queda. Simplemente te cuenta que hay otro más espabilado que tú y al que no escuchaste, y que se fue a buscar queso nuevo -y por supuesto lo encontró-. Así están muchas empresas, desorientadas con el “y ahora que hacemos”. Y los oropeles y brillos de la tecnología a veces no hacen más que confundir.

En este caso no hablamos del Ave Fénix, sino de la capacidad de ciertos animales, como los ratones, que con 7 días de vida son capaces de regenerar parte de su corazón (y no, no os creáis eso del águila que se arranca las plumas, las garras y el pico para regenerarse y vivir otros 30 años, aunque muy inspiradora, es una leyenda urbana) En este caso, habría que hacer un análisis a conciencia de nuestra situación en el mercado, dónde queremos estar y cuáles son los recursos que necesitamos para ello. Ah, el Desarrollo de Negocio, esa difusa “pata” entre ventas y marketing, el principal garante de esa adaptación continua, el que evita ese temido “y ahora que”. Qué pocas son las compañías que lo aprecian en lo que vale. Y una vez tengamos claro ese análisis y hacia dónde queremos ir, ya podemos diseñar un plan de acción y ejecutarlo. Pero no deberíamos empezar a transformarnos sin saber en qué nos queremos convertir. Hasta el ave fénix tenía claro que de las cenizas nacería otro fénix, y no un ratoncillo presa fácil para otros fénix.

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