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Zumo digital

Bravo por Mercadona y su máquina de zumo. Ha hecho lo que ninguna transformación digital hubiera conseguido: que me pase todos los días antes de volver a casa para conseguir una botella de zumo de naranja auto exprimido para mis voraces criaturas, que se me rebelan por las mañanas si no tienen su zumito en el desayuno. Le pregunto al cajero cuantas botellas de litro venden. Esta es una tienda pequeña -me responde-. Unas 180 diarias. O sea que 180 maris como yo acuden -de forma premeditada o casual- a por su botella de zumo, y ya que estamos, algo de compra de relleno.

Esta vez ha sido al revés; tradicionalmente la marca propia de Mercadona suele inspirarse en un producto de gran consumo, pero ahora son los grandes hipermercados los que están instalando la maquinita del equipo Roig. Y sin embargo, no es lo mismo. El zumo de naranja recién exprimido es una cosa, meterse en un macro centro comercial y tardar 1 hora para obtenerlo es otra muy distinta.  El modelo de super de proximidad es el que consigue mi visita diaria. Y ya que estamos, por supuesto, no es lo único que me llevo. ¿Haría lo mismo por el zumito Carrefour?  No, ni en broma. La compra “gorda” la hago siempre on line, y semanalmente me apaño con los frescos. La gracia del zumo es que es fresco y no dura más de 24 horas en la nevera (aunque tambien reconozco que mis hijos son dos termitas que no dan tiempo a que caduque nada). Por tanto no consigo encajar el objeto zumo en otra cosa que no sea arrojar el coche en el parking, entrar como una bala, exprimir el zumo, coger un par de cosas más y salir escopetada por la puerta.

Asi que bravo por Mercadona, que aunque todavía no me ha hecho caso con la idea de poner su propia nevera en el mercado, me hace ir todos los dias a darle a la exprimidora, que es hasta terapéutico, oye. Que bien se me da esto de envasar zumo. Parezco un hamster obsesivo dándole al botón de la jaula para que caigan pipas.

Zombie followers

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Mira que da juego esto de internet . Ha conseguido demostrar lo que ninguna de las religiones a lo largo de la vida de la humanidad: que hay vida después de la muerte.

Me parece justo -y necesario- cerrar las cuentas de los paisanos tras su pase al más allá, pero… ¿darles continuidad en el más acá? ¿Para qué puede querer Facebook -o aún más inquietante, Tinder- un fiambre? Pues según parece, unos iluminados han decidido hacerlo -y por supuesto comercializarlo-.

Os copio el párrafo del artículo de El País que me ha provocado tan profunda reflexión -y desazón-:

“El sistema evalúa el comportamiento en Internet. Recopila, colecciona, archiva y crea un doble virtual para la posteridad. Lo llaman counterpart. “Los usuarios pueden decidir el nivel de autonomía de su counterpart”…. “Pero no se tienen que preocupar de diseñar el contenido que se utilizará póstumamente, porque el sistema aprende de cada una de sus acciones y con ellas crea automáticamente esta identidad digital”.

Toma castaña. Por si no hubiéramos dado suficiente guerra en vida, podremos incordiar eternamente al personal desde el más allá. Esta gente ha descubierto la fuente de la eterna juventud. Imaginemos el 2040: “Oye, cuantos followers tienes? Huy, un montón, 1290 reales, 270 virtuales y 341 zombies. Lo mejor son los zombies, es divertidísimo enzarzarse con ellos y ver cómo responden en jerga del siglo pasado. Tengo uno que dice que es “podemita”, me parto metiéndome con él, y otra que siempre contesta “te lo juro por snupy” ¿y quién narices era snupy? “ A ver, por favor, ¿alguien en su sano juicio haría algo semejante (exceptuando a frikis tipo Sheldon en versión desatada)? ¿Estos señores ha pensado en la desazón que puede causar el “finado” a familia y amigos publicando de forma desenfrenada desde el más allá? Existe el derecho a ser olvidado, pero ¿y que pasa con el derecho a olvidar a la gente?

 

Pues menudo apaño. ¿Y si -pongamos por caso- el counterpart te sale rana? Imagina que se nos descarría en el facebook o en el twitter y se lía a insultos al clero variopinto, a la corona, o a las diversas castas políticas. ¿A quién meten en la cárcel? ¿A la Santa Compaña? Porque a ver quién le echa el guante al zombi éste, que se supone que es una proyección de tu voluntad. A saber cómo puede reaccionar la criatura ante un futuro con no muy buena pinta. ¿Y cómo demonios se bloquea a estos inquietantes seres? Es más, ¿es recomendable? ¿tendrías redaños para bloquear a un zombie? ¿podrías dormir por las noches? ¿te levantarías a oscuras a buscar un vaso de agua sin temor a que te toque una mano helada y te diga “Luke, yo soy tu padre”? Que a saber por dónde nos puede salir el fiambre cibernético, igual con esto de la realidad aumentada se nos vuelve un grasioso y nos mata a sustos. Habrá que apagar la wi-fi de casa por las noches, no vaya a ser que nos dé un jamacuco. Sinceramente, esto me parece un truco magistral de las redes sociales para no perder usuarios aunque se mueran, y encima poder dirigir sus likes como si fueran un rebaño. Me descubro ante su voracidad recaudatoria.

Y la vida después de la muerte en Linkedin puede ser de coña. Por si no había fantasmas, pues toma, unos cuantos más. Imagina que te lías a mensajes con quien tu crees un paisano de carne y hueso, y como el buen hombre dejó a su counterpart en modo amable, tú pensando que estabas a punto de cerrar una venta. ¿Y si te acepta conexión alguien y descubres que es un CIOfiambre? Que yuyu, ¿no? Menudo susto. Al menos, que les pongan alas de angelito en el perfil. ¿Y si uno cambia de empleo estando muerto? ¿Habrá beneficios fiscales por fichar a counterparts? ¿Se formará una plataforma de defensores de los derechos de los nomuertos? Casi estoy por cambiar de profesión y volver a la abogacía, me lo iba a pasar bomba.

Yo, en mi caso, quiero tranquilizaros. Si por casualidad veis un post en mi blog tras mi fallecimiento, os garantizo que no será de mi counterpart digital; será obra de mi fantasma, que sospecho será igual de gamberro que yo.

Coches desconectados

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En esta era tenebrosa de la internet de las cosas, estoy empezando a considerar seriamente las posibilidades que ofrece la no-conexión a esa red monstruosa que nos acecha todos los días, sin que nos percatemos de ello -o sí-. Un traje chaqueta que además fuera jaula de faraday portátil, eso habría que inventar.

El otro día, antes de una reunión, me bajé una app cuya utilidad era la de monitorizar tu conducción para así poder ofrecerte pólizas de seguro a buen precio y otros productos de interés, siempre basándose en tus virtudes al volante y buenas dotes de conducción. Vamos a probar el invento a ver cómo va, más que nada por tener claro a lo que se dedica el cliente.

Y ya lo creo que va. Los únicos que se atrevieron a ofertarme algo fueron los de la Mutua, mi compañía actual, que sabe Dios cómo tendrán los CRMs múltiples para no percatarse de que soy cliente desde hace milenios. Criaturicas. El resto ni mú. De hecho han debido meter mi matrícula en sus sistemas marcada con una calavera y dos tibias. “No asegurar ni en caso de quiebra de la compañía”. Entro en la app a ver mi análisis de conducción. Cómo que “conducción brusca”. Miro los tramos supuestamente delictivos. Pero bueno. Prueba a meterte en la A6 desde la M40 en hora punta. Tienes que entrar como rambo, no con vestido de volantes y cascabeles en los dedos de los pies. La madre que los trajo.  ¿De dónde saca el benchmark de conducción esta gente, de Santa Genoveva de Brabante a lomos de un corzo? “Exceso de velocidad”. A ver. 10 kilometritos de nada, eso además será cosa mía y de la Déjate, aquí el seguro no creo que tenga mucho que decir. Pues parece ser que también. Dice mi amiga Esperanza -que de seguros sabe un rato- que aunque pases un poco del límite, se incrementa el riesgo y sube la prima. En mi caso, la prima no es que haya subido, es que ha huído despavorida. Eso me gustaría matizarlo. Hay cada un@ suelt@ que son un peligro sólo por subirse al coche, y sin necesidad de arrancar.

Pues aquí la super-app ha decidido que soy un peligro al volante y que no me asegura ni Seguros La Ratita Presumida con una venda en los ojos. Y sin embargo, hace siglos que no doy un parte, y cuando así ha sido, siempre con contrario torpe e inequívocamente culpable. De hecho, la app se pone a funcionar en cuanto conecto el waze, silenciosa y vigilante, pero sin decir ni esta boca es mía. Ha dejado de comunicarse conmigo. Y no es justo. La única vez que me estampé yo solita y con plena culpa -y sin contrario- fue hace siglos en una curva de Hoyo de Manzanares bastante tonta; no pude corregir y acabé pastando en una bonita pradera de césped llena de piezas de otros vehículos -lo sé porque me fui a tocarlos por si estaban calientes y pertenecían a mi coche-. Así que no debí ser la única, porque allí había desde guardabarros a tubos de escape. No, no aterricé en un desguace, os lo juro.

Lo que de verdad me preocupa es que esa información de la app llegue -por esas cosas de la cesión de datos- a manos de la DGT, y meta mis trayectos habituales en sus máquinas. Y que además me multe on line, oiga. Sonidito en el móvil “Trrring! Su multa, graciaaas. Vuelva otra vez!” Y como tengas algún medio de pago en el móvil, hasta te lo vacía en directo. Tengo que acordarme de desinstalar este chisme infernal… Dios mío. Ahora os reís, pero… lo que nos queda por ver…

Drones banusinos

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Andan los ánimos un tanto exaltados por Banús. Creo que se debe al exceso de madrileños por metro cuadrado,  que traemos el estrés, las prisas y el agobio de serie.

Quizá no nos demos cuenta, pero los lugareños nos fichan ipso facto, según descargamos el hardware playero del coche en menos tiempo del que tarda el equipo de Alonso en cambiar las 4 ruedas a falta de dos vueltas.

Hoy teníamos trifulca familiar en el chiringuito y todo apuntaba a que la cocina no iba a estar disponible. Es lo que tienen los negocios familiares. Lo malo es que el grifo de cerveza tampoco, y hoy hace un calor importante.

La familia madrileña que se ha instalado a nuestra vera ha tardado 15 minutos en llegar, alborozarse, ponerse la mamá un sombrero muy stylish,  untar de crema a las criaturas,  desplegar las toallas en las hamacas,  tener una breve dicusión y levantar el campamento a la vista de la no disponibilidad  de la cerveza -y sin duda del servicio de restaurante-. No he podido resistirme. He abierto mi neverita y he sacado una cerveza helada, se que el “chasss” de la apertura les ha sumido en la envidia más corrosiva. La mirada de la hembra alfa ha estado entre el odio, el pasmo y la rendida admiración. Mi manada esta a salvo de las contingencias. Pobrecillos.  Van a llegar 6 sin reserva a las 14:00 a un restaurante marbelli. Crisis matrimonial a la vista, profetizo. Eso sí,  nos vendrían bien las cervecitas de grifo y unos victorianos con limón, no os lo niego. A ver si mañana han arreglado sus desavenencias y se restablece el ANS habitual.

Ayer me sorprendió un dron sobrevolando la playa, deteniéndose con impunidad sobre las tumbonas. Que bien me vendría tener un águila imperial de mascota. “Ataca Lola!” y Lola atrapa el dron entre sus garras y lo deposita delicadamente mar adentro sobre la ola que más le guste.

“¿Mama eso es legal?” Preguntan mis hijos. Pues hijo tan legal como que yo coja el móvil y le haga una foto a las lorzas de mi vecina. La playa es un sitio público. Cosa distinta es que la colega se levante y me arree una muy merecida torta por ordinaria. El dron planea impunemente sobre las hamacas y contraataco con la cámara de mi móvil. No me preocupa tanto que sus imágenes acaben en Facebook o incluso en LinkedIn. Me parece peor que terminen -no se sabe como- en poder de Watson y que en breves minutos aparezca una zodiac de greenpeace llena de activistas al rescate y me lleven a los mares del ártico a vivir feliz con mis congéneres marinos. Mi hijo localiza al dueño enseguida. El dron regresa obediente hacia un ser encapuchado que podría ser el hermano mayor de frodo bolson, o luke skywalker jugando al escondite; con un pedazo de mando a distancia que camufla bajo una toalla. Parece una jaima ambulante, el tío.

Lola. Que bonito nombre para mi águila.  Creo que incluso podría llevarse al fulano este a algún campamento islámico de los que hay allende el estrecho, para que espabile. Eso sí, que lo deposite con cariño y elegancia.

Neoyorquina adoptiva I

El destino me ha puesto por delante quince días de formación en NY, lo cual está muy bien, siempre y cuando no te pille una nevada ventisquera, que es el caso.

Aunque a las 04:35 hora local me he despertado (y dando gracias porque he batido mi récord de sueño en estos casos), he conseguido volver a dormirme hasta una hora después, momento en que han llegado a mis oídos unos golpes de pala de enterrador totalmente inusuales. Estos americanos, qué ganas de enterrar gente a estas horas. Si cuando esta gente se pone, se pone. El ruido, tétrico e insistente, me ha echado de la cama y me ha llevado primero a la ventana y luego al portátil.

Los golpes de pala procedían de un paisano que estaba tratando de eliminar la nieve de la acera, seguido por otro ser bastante inquietante con impermeable amarillo y que andaba con un saco bastante pesado y de contenido desconocido. El tipo me recordó al destripador de “El último gran héroe”, claro que en cuanto me puse las gafas comprobé que lo que estaba echando en la calle era sal y no restos humanos.

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Bueno, pensé, tampoco es para tanto, tú eres serrana aguerrida, una capita de nieve de la que podemos encontrar en mi pueblo cualquier día de invierno y no pasa nada. Se coge el coche, se va uno hasta el atasco de la A6 y llega tarde simplemente porque dos torpes han clavado el coche en una placa de hielo y se han roto un par de faros y el parachoques. Y punto. En este caso, botines con suela de goma y tacones al maletín para cambiarse y listos. Hasta que con los ojos ya acostumbrados a la oscuridad, me fijé en algo blanco que batía con furia una farola. Era el viento. De viento nada. Un maldito vendaval que arremolinaba los copos desde el suelo hasta donde se perdía la vista. Eso no lo he visto yo en la vida. Agarro el móvil y me quedo ojiplática. Vientos en torno a los 50 km/h.

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Empiezo a pensar que el de la pala, en realidad, está entrenando para ir recogiendo guiris cuando caigamos al suelo desprevenidos, según vayamos saliendo de nuestras madrigueras. No sé si llamar a Amazon express y que me traigan un trineo o bien unas palas para la nieve. Aunque me parece que esto de la transformación digital no me va a ayudar mucho en este caso. Creo que un perro sanbernardo me vendría mejor por eso de que me puede arrastrar al otro lado de la acera con ciertas garantías de llegar a la oficina, aunque sea rebozada en nieve.

Que sí, que no sabéis cómo está esto. A ver si me va a pasar como a María Sarmiento, que se fue a hacer pis y se la llevó el viento.

Seguiremos informando, que esto promete.

Ya vienen los Reyes

abuelas

Y que manía con que no existen, oye. Que me lo digan a mí, que me toca pasar la noche en vela hasta que llegan sus majestades a la terraza con su habitual despliegue de camellos, pajes, elfos subcontratados y demás personajes. Creo que he conseguido mi objetivo, que es mantener en mis hijos la ilusión por los Reyes sine die. Sobre todo con el mayor, de 15. “Ya verás, ya, cuando seas padre y te toque conocer a los Reyes. Te vas a enterar (me refiero a la pasta que se va a fundir en regalos, claro, ). Me mira con complicidad, se ríe y se lleva al perro a pasear hasta el buzón, para a echar la carta y la de su hermana.

Lo de los Reyes se ha consolidado en la familia desde que pasó a mejor vida el Sr. Pérez, para gran alivio de mi hija, que se moría de miedo ante la sola idea de que un ratón subiera a su cama para coger sus dientes. “Mamá, ya sé que el ratoncito pérez no existe! Bueno, que no venga no quiere decir que no exista, lo que pasa es que como ya no crees en él, pues no viene, que es distinto”. Silencio sepulcral. Ostras. Un ratón que deja calderilla, pues vale, pero los reyes… no vayamos a liarla, no vaya a ser que dejen de venir. Y por si las moscas, se siguen haciendo los locos, igual que se ha hecho siempre. Ya ni preguntan. Porque la emoción de los niños también tiene su reflejo en la de los padres, la ilusión por esa noche, la elección o adivinanza de los regalos, preparar todo el stage, oído avizor por si alguno se le ocurre salir de su madriguera antes de tiempo. Mi padre, QEPD, solía prepararnos trampas, por si osábamos entrar en el salón antes de las 7 de la mañana, hora límite en que el nerviosismo infantil alcanza cotas insoportables. La última que recuerdo fue una mesita con una pila enorme de libros atada con un cordel al pomo de la puerta. Mis hermanos y yo pegamos un salto comparable al de una gacela fintando a un guepardo, mientras mis padres se hacían los dormidos y -me imagino- lloraban de risa.

Espero al menos que este año los camellos se porten un poco mejor, acabo de leer que ya no vienen de Egipto. No tengo yo mucha fe en que no zancocheen como tienen por costumbre, y me pongan el salón perdido de hojas de lechuga, pero ya veremos. De Cantabria son, nada menos. Entre los camellos cántabros y las águilas cazadrones, este mundo no lo conoce ni la madre que lo parió.

No hay nada que supere la ilusión de los más pequeños en la cabalgata de reyes. Por muy absurdos que sean algunos mayores, empeñados en destrozar la emoción de la espera de la mañana de reyes, y a cuantos más niños mejor. Incluyo en este elenco a políticos miserables, periodistas torpes e incluso profesores desalmados. Algunos psicólogos se empeñan en que no hay que mentir a los niños y desde que son tiernos infantes, es mejor privarles de la ilusión no vaya a ser que se traumaticen. Aguafiestas. Los niños necesitan emoción e ilusión, si no la viven ellos, ya me diréis quién. A los mayores la vida ya se ocupa de arrancárnosla de cuajo. Bueno, menos a mí, que sigo creyendo en los Reyes Magos, principalmente porque no tuve psicólogo de cabecera y mis padres se ocuparon de que siempre hubiera una chispa de magia en la noche del 5 al 6 de Enero.

Por último, recordaros que a los camellos hay que dejarles agua, y yo personalmente les dejo en el balde algo de lechuga, que les chifla. Son bastante guarros y los dejan todo hecho un asco, pero una vez al año tampoco pasa nada. Aunque visto que vienen de Cantabria, igual les dejo unas tostaditas de queso picón, cualquiera sabe.

Hale, que os traigan muchas cosas!

Oh, injusticias…

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Las mujeres en modo rebajas sólo somos equiparables a las leonas defendiendo a sus cachorros.

Estaba yo haciendo cola pacientemente para pagar en una de mis tiendas favoritas, con dos señoras más bien mayores delante, especialmente pesadas. Por respeto a su edad, me armo de paciencia y espero mi turno. De pronto, una de ellas, hastiada de la lentitud de la dependienta, se vuelve distraída y mira con ojos desencajados mi captura, un espectacular bolso negro de piel, que he rescatado de las estanterías de rebajas, con cierto asombro por mi parte (juro que ayer no estaba en la tienda, que también pase por allí).

Alborozada, lo señala y comenta con su amiga: “Anda, mira dónde está MI bolso!!!

La miro con cara de poker. “Tu bolso, las narices, es mío y de nadie más”. 

“Es que claaaaaaaro, lo dejé en la caja para que me lo guardaran, y fíjateeeee”.

Claaaaaaro, so torpe. Es que a quién se le ocurre. Mis dedos se crispan sobre las asas del bolso, preparada para defenderlo a muerte. Son dos leonas viejas, pero yo soy más joven y rápida. He dejado el portátil en el coche y con la falta de lastre saldría corriendo igual que Forrest Gump cuando  pierde los hierros de las piernas. Como una bala.

La leona vieja continúa con su estrategia de dar pena, so pretexto de error de dependienta que se llevó su tessssoro lejos de sus garras. Ni a la que asó la manteca se le ocurre dejar esa ganga en la caja de esa tienda -con una hueste de dependientas más bien torpes-.

Pedirme que le ceda el bolso es como pretender apartar a una leona madre del cuello de una gacela para cedérselo a una leona abuela que ha sido más bien torpe. Las narices. Selección natural, honey. Le pongo sonrisita de “ay que pena” y mueca de “qué se le va a hacer”. No muevo un milímetro las piernas de la cola de la caja, ni las manos alrededor de MI bolso. La leona vieja se acerca y acaricia con manos codiciosas la piel de vacuno. “¡Es que es ideal!” (No te jode, claro que es ideal, de hecho es un pedazo compra, ¿porqué te crees que llevo aquí 15 minutos para pagarlo mientras tú te eternizas dando la brasa a la dependienta para que te haga la tarjeta de cliente?) Noto que se me contraen las pupilas y comienza a nacer en mi garganta un gruñido similar al de mi perra si te acercas cuando está royendo un jugoso hueso. Ojito, ojito.

La leona vieja está aparentemente tranquila pero yo no me dejo engañar, sigo en DEFCON 4 mientras merodea alrededor de mi gacela -perdón mi bolso-. Va subiendo el tono ligera pero persistentemente, se le nota la indignación. “Bueno, hoy me ha pasado a mí y mañana a tí”. Las narices. Eso a una leona en plenitud no le sucede, guapa. Llevo media hora merodeando por la tienda cargando con el dichoso bolso del brazo, igual que una leona lleva a la gacela arrastrándola del gaznate durante kilómetros mientras sigue oteando otras presas en el horizonte. De hecho he soltado un guepardo (digo un par de botas) hace poco. “Oiga, que yo lo he cogido de la estantería” es todo lo que le digo. Risitas de “claaaro qué se le va a hacer” (y me importa muy poco tu vida -o ya puestos tu muerte-). No pienso soltar este bolso de vacuno rebajado de 300 pavos a 69 ni borracha hasta las trancas. De mis fríos, putrefactos e inertes dedos mortecinos tendrían que arrancarlo -no sin la ayuda de una palanca de titanio o una cizalla del 9 para cortar los huesos y despegarlos de las asas).

¿Injusticia? No. ¡Selección natural, amiga mía! Que te has confiado en que las hienas de las dependientas custodiaran tu gacela y te han salido ranas. Se han ido a por uvas, como buenas hienas, y una de ellas, descerebrada, ha decidido volver a poner el bolso en las estanterías a merced de las depredadoras. Hale, que no te mereces esta gacelita, que me la llevo ahora mismo a degustarla adecuadamente (mientras miro de reojo los despojos del guepardo, que aún me lo estoy pensando).

Lo que sí es injusticia es lo que pasó en la apertura de plicas de ayer. Nos entregan el listado de empresas presentadas (jolín, pero qué hace toda esta gente yendo a mis anhelados lotes, caramba, es descorazonador.) y vemos una de ellas eliminada por no subsanar la parte administrativa (válgame, pero qué horror, mi vecino y yo meneamos la cabeza, “joer qué faena, la verdad es que ésto le puede pasar a cualquiera”).

La representante de la empresa protesta angustiada. “¡Oiga, que a mí no me ha llegado ningún fax avisando de nada! Hemos tenido problemas de comunicaciones” Se acerca al imponente estrado y le muestran el vil documento. “Pues va a ser que yo tengo aquí un OK del envío. Si usted nos aporta un “failure” en la recepción, podemos revisarlo con la abogacía del estado”. Ya, y con la Santa Compaña. Green Jascut The Grass.

Lo que pocos clientes entienden es que los proveedores de sector público formamos una gran familia. La mayoría tenemos una relación tan tortuosa y complicada como la de suegra-nuera o la de cuñado-cuñado, pero ahí estamos, y nos conocemos todos. Cuando no estamos perpetrando UTEs entre nosotros, estamos birlándonos negocios o al menos intentándolo. Pero caramba, es que hay cosas que claman al cielo y que nos afectan a todos.

Luego, en los cafés de post-apertura de plicas, comentamos la jugada. A ver, jolín. Teniendo la Plataforma de Contratación del Estado, que funciona genial, y donde TODOS tenemos acceso, (al menos los que la conocemos y nos suscribimos a las licitaciones, como es nuestra obligación), ¿cómo envías un fax? Hija mía, pon el dichoso fax (y si te place, una carta manuscrita con pluma de ganso y sellos de lacre), pero ADEMÁS cuelga el aviso en la plataforma que eso nos llega fijo a todos!!! Y encima ganamos en transparencia, legalité y fraternité. Sobre todo fraternité, que si no lo ve la susodicha, fijo que hay algún colega compasivo que se lo comenta. Oye, corazón, ¿ya has subsanado la declaración responsable? Comorrr? Ya… hala, corre a la plataforma, so torpe, y bájate el aviso (y por cierto, maja, me debes una). Y fin del problema. Lo que ahorraríamos en trabajo a los abogados del estado.

Pobre mujer. Eso sí es injusticia.

Y que conste que mi bolso es mío, por justicia y selección natural. Grrrrrrrgggg….

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