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… y te lo pondrás con tooodo…

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La chica del pañuelo verde” es una peli para chicas, bastante prescindible, pero que contiene una escena digna de subir a los altares del Séptimo Arte. Me refiero al diálogo imaginario que la gastona criatura mantiene con el maniquí de la tienda para autoconvencerse de la necesidad de adquirir un pañuelo de seda verde: “… no es un gasto, es una inversión” “… y te lo pondrás con toooooodo!!” “este pañuelo resalta tu personalidad!!!!” “lo necesitas!!!!” etc. A la hora de pagar, y tras pasar por la caja 6 tarjetas de crédito sin conseguir reunir toda la cantidad (120  US$, no os vayáis a creer), sale corriendo a un puesto callejero comprar un perrito con un cheque para que le den la vuelta en efectivo y pueda pagar los 20 dólares que le faltan.

Mira que me extraña que los sesudos genios del marketing no hayan hecho alguno de sus experimentos aprovechando la época de rebajas. Lo que se pierde la ciencia de la computación. La velocidad de procesamiento del cerebro femenino a la vista de una ganga -incluso el de la más torda- supera con creces la de cualquier ingeniero especialista en cálculo de estructuras. Deberían ponernos electrodos en la cabeza conectados al móvil y soltarnos por los centros comerciales en plan sondas humanas. Lo que parece seguro es que colapsaríamos las redes de telecomunicaciones incluyendo el Complejo de Comunicaciones con el Espacio Profundo de Robledo de Chavela, el Cloud en general y al mismísimo Watson, que entraría en depresión cibernética profunda y pediría volver a jugar con los robots de ajedrez, que son bastante majetes y mucho menos complicados.

Para ilustrar mi teoría, nada como el vídeo de la “Nothing box“, no os lo perdáis porque es fabuloso y lloraréis de risa. Nosotras no tenemos nothing box, que es lo que hace que los hombres puedan estar mucho rato haciendo cosas de zombis, como pescar o pulsar el mando a distancia de la tele de forma compulsiva. En cambio, sufrimos en nuestros cerebros esa conexión constante de todo con todo, que se activa especialmente a la vista de un artículo rebajado. Es el gen de las recolectoras, que reacciona exactamente igual que el de los cazadores del paleolítico a la vista de una manada de bisontes. Que no hace tanto tiempo que recogíamos bayas unas y cazabais con lanza otros.

Y no son pocos los factores a considerar durante un rápido análisis ocular -muchas veces reducido a los tres segundos que tardamos en pasar por un escaparate-: el aspecto general, la marca, el color, el tacto, las veces que podrías usarlo, las posibilidades de combinación con los demás elementos de tu armario (ojito aquí, que requiere una velocidad de procesamiento cruzado nada despreciable), y en el caso de los zapatos la escabechina que te puede causar el comprar medio número menos del que necesitas (bah, si en cuanto cedan un poco…-y no, no ceden-). Y luego está el precio así como la cantidad de competencia rondando alrededor del producto en cuestión, no digamos del factor “leona en celo” si otra recolectora osa poner la mano en la percha de la que cuelga tu presa.

Si encima está rebajado, y con el antiguo precio a la vista, la frontera entre “te lo pondrás con toooodo” y “seguuuuuro que le sacas partido (aunque no sepas cómo)” se vuelve imperceptible, y el truco está precisamente en ese precio rebajado que figura en la etiqueta amarillo fosforito que nos llama igual que el plumaje de un pavo real a la hembra de su especie. Y los genios del marketing lo saben bien. No podemos evitarlo, es como pedirle a tu chico que aparte la vista de la tele durante un partido de la champion. Imposible, va en el ADN. Unido al tema de la rebaja, entra el juego el factor “arreglo” en el caso de que el producto nos quede grande o pequeño, aunque esas consideraciones ya son de compradora avezada y no siempre se tienen en cuenta, que en esto de las compras, como en todo, también hay clases.

Y todo este cálculo lo hacemos en segundos, arrojando un resultado final de “me lo llevo” o “ahí te quedas, prenda”. Prodigioso…

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Genios del Marketing II

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Sabía yo que los genios del marketing -concretamente los del Big Data- no me iban a decepcionar. Hoy se ha producido el súbito deceso de nuestro microondas tras 20 años de servicio (no me negaréis que se ha portado, el Samsung éste, que luego digan de las marcas coreanas). Para no contradecir los estudios de comercio electrónico, me informo primero por internet, y luego, ya decidida a hacerme con un Daewoo (supongo que si hacen coches sabrán hacer microondas), me dirijo a mi hipermercado más cercano a por un digno sustituto y cuatro cosillas más.

Ya en la caja (con el carro lleno, cosa que siempre sucede cuando voy a por cuatro cosillas), la cajera me recomienda que vaya a atención al cliente a que me hagan la factura, por eso de que el ticket pierde color con el tiempo (y si va a durar tanto como su primo Samsung, es muy recomendable hacerlo).

Buenos días, buenos días. Que si es usted tan amable de hacerme factura por el microondas que acabo -gozosamente- de adquirir. Bueno, bueno, pero tiene usted 30 días para probarlo (no se me apresure que igual no le gusta o le molestan los ruidos que hacen los enanos coreanos cuando lo enchufe). Bien, me parece estupendo, pero yo quiero mi factura (querida, no pienso volver dentro de 30 días que sabe Dios dónde estará el ticket, sólo porque tú estés perezosa y sea un lunes festivo). A regañadientes, la dependienta me arroja un “talonario” de bandas de papel de 5×10 cms sujetas con una grapa donde tengo que escribir mis datos básicos, dni, nombre y dirección. Ah, glorias del e-commerce. Heme aquí en estas soledades, en posesión de un flamante microondas coreano y rellenando mis datos con un boli Bic de toda la vida. Entonces caigo y me vuelvo a dirigir a la señorita, con el fin de facilitar la operación de carga de mis datos en los sistemas. Oiga, que soy cliente on-line de ustedes desde èpocas inmemoriales y remotas, igual ya tienen ustedes mis datos (en las tripas de sus múltiples y sospecho que enrevesados sistemas de información, junto con todos mis hábitos de compra). No, no me sirven, tengo que introducir sus datos en la aplicación de clientes. Ahhh… que como soy cliente on line, no soy cliente. Señor, señor. Si es que siempre ha habido clases. Meneo la cabeza con incredulidad, relleno el papelito, lo arranco de su artesanal “matriz” y se lo entrego a la amable señorita.

Ahora entiendo que se quisiera dar mus con el tema de la factura. La veo resoplando mientras lidia con la aplicación de clientes -sospecho que usable y dinámica como pocas-, mientras hago varias jugadas de apalabrados con una yanqui que me está dando una zurra de aquéllas. Al rato me imprime la factura y grapándola al ticket, me la entrega para que me vaya  -ahora sí- siendo cliente con todas las de la ley.

Hale. A eso le llamo yo Big Data. Y tan Big, deben tener unas bases de datos monstruosas, si se dedican a duplicar -o triplicar- clientes. Porque los que hacen la compra por teléfono, seguro que están en otro sitio.

Esto debe ser obra del mismo que puso los productos de charcutería madrileños en un guetto charcutero con la pretensión de que se vendieran. Lleva su firma…

Genios del marketing

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Que estén las escuelas de negocio llenas y los manicomios vacíos…

Dos genialidades marketinianas, dos, que me acabo de encontrar tal día como hoy, un domingo cualquiera, ambas en el mismo centro comercial.

1. Cómo enviar clientes a la tienda de enfrente

Tenía yo un cheque regalo de 15€ enviado gentilmente por una de mis tiendas de lencería favoritas. El cheque en cuestión me llegó por email, y -a los pocos días- en formato físico a mi domicilio. Pero no era un cheque, qué va. Se trataba de un postalón enorme a todo color rozando el formato póster, complicado de meter en el bolso y por tanto, francamente prescindible: Que ganas de fundirse la pasta en artes gráficas, ozu. Lo que no quepa en mi cartera, en casita se queda. Y sin embargo, según pisé el centro comercial recordé que necesitaba reponer medias de verano, que han ido cayendo en acto de servicio. Confiada en las bondades del marketing on line y armada con el email recibido en mi móvil, me acerco a la tienda en cuestión.

Buenas tardes, buenas tardes. Le enseño el email a la amable señorita que por allí pulula colocando la colección veraniega. Que si puedo utilizar el cheque ya mismito que me vendría bien, le comento mientras se me van los ojos a la nueva colección de bikinis. Me informa  con sumo pesar que no puedo utilizarlo porque debo traer el monstruoso cartelón físico que me han enviado a mi casa, y que -pese a que el email exhibe un código de descuento-, tiene GRAPAR el cartelón a no se qué. Ajá. O sea, que no puedo utilizarlo. Fantástico. Bueno, pues nada, ya si eso otro día vengo y tal, y de momento me escurro a la tienda de enfrente cuyas medias son bastante más baratas que las tuyas y al final para que acaben rotas, tanto da. Give me five.

¿Qué ocurrirá con el bonito póster descuento? que acabará en la basura o me olvidaré de él. Parece casi seguro que su misión, que era la de potenciar mi ya de por sí insaciable consumo, y colocarme además de las medias un bikini y unas chanclas, ha fracasado miserablemente. Ha sido vencido en medio asalto por una triste grapadora y una vendedora adiestrada conforme a los procesos diseñados para esta campaña.

Querido genio del marketing: Nunca, nunca pero nunca, dejes escapar una clienta viva de tu tienda. La grapa te la pondría yo en la yugular, si fuera tu jefe. Por necio. Aprende de los de cortefiel o PdH, que te venden lo que sea aunque te hayas dejado la tarjeta de cliente en casa.

2. Cómo conseguir que tu producto NO se venda

Acto seguido, tras hacerme con 5 estupendos pares de medias en la competencia del primer Genio, me acerco al hipermercado a por “cuatro cosas”. Traducido al mujerés, esas cuatro cosas se acaban convirtiendo en 25 y tienes que acabar cambiando la cesta por el carro para no sufrir luxaciones en ambos brazos y acabes como elastigirl.

Mostrador de charcutería desierto, que es como a mí me gusta encontrármelo.

– Buenas tardes, buenas tardes.

– 250 de jamón york de campofrío.

El amable dependiente me los prepara.

– Que más.

– Hhhmm… pues estoy buscando la marca de pechuga natural que me gusta y no la veo… pero no pasa nada, si no, me llevo de otra marca.

– Ah si, me responde. Está buscando la del “Pavo Feliz” ¿a que sí? Es que está junto con todos los productos de Madrid.

Me quedo noqueada. No sé muy bien si me está tomando el pelo,

– Hein? Pero… está por aquí? está disponible? puedo comprarla? o se nos ha marchado de retiro espiritual?

El dependiente me explica la idea del que acabo de bautizar como Genio 2.

– “Alguien” -maldito Alguien, culpable de todas las atrocidades empresariales- ha decidido que los productos de Madrid estén todos juntos con una banderita de la comunidad pinchada en los lomos.

Pues me parece muy bien, pero el problema es que los han arrejuntado al final del -kilométrico- mostrador, pasados los quesos y rayando la quinta puñeta. Ah, fantástico. O sea, que en vez de poner las pechugas con sus primas las pechugas y los jamones con sus hermanos los jamones, los reubicas bien lejos de donde estamos las maris comprando y los mandas a una especie de guetto charcutero para que no los encuentre ni Harry. Me acerco al guetto. Todos los productos juntitos con su banderita de la comunidad de Madrid, solitos y abandonaos. Ahí estamos.

El dependiente se rie. Y ya verá usté, que la semana que viene nos hacen volver a cambiarlo todo de sitio. Ya te digo. En cuanto el representante del “Pavo Feliz” aparezca por esa esquina a ver cómo se está vendiendo su producto y vea que no lo compra ni Rita. Ya puedes ir guardando bien lejos el cuchillo jamonero…

Y no se vayan todavía que habrá más. ¡Lo intuyo!

* Actualización del 1/7/2014. Las pechugas del pavo feliz han vuelto con sus primas las pechugas, con una banderita de la comunidad pinchada en los lomos. Menos mal que “Alguien” ha recapacitado. O eso o se han leído ese post… 😉