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Fear The Walking Coelho

coelho

Válgame con las dichosas frasecitas de autoayuda y superación. Hombre, por favor. Que no todos queremos ser directores, coordinadores, jefes, ejecutivos, empresarios, creativos, líderes de la resistencia o gurús de aplicaciones híbridas. Últimamente, hay un bombardeo importante de frasecitas lapidarias por las redes sociales, de esas que te hacen pensar que si no tienes afán por superarte y realizar sueños empresariales -sean de tu cosecha o de otro- eres una ameba unicelular no compleja con la iniciativa de un berberecho. Y entonces, con una cierta inquietud, empiezas a darle vueltas a todo, a tu carrera -o falta de ella-, a no haber estudiado arameo en su momento, a los terribles errores profesionales cometidos, a la pérdida de oportunidades por no insistir lo suficiente y no haber hecho aquella llamada, a no haberte leído las diez frases killer en la entrevista de trabajo, y a la vida en general. Madre mía. Pero si la mayor parte de los seres humanos sólo queremos vivir tranquilos y ser todo lo felices que podamos cada día, aportando nuestro grano de arena y hacer del mundo -al menos del laboral- un sitio agradable. Parece que debamos estar en una competición continua por el mejor epitafio, que si no formamos parte de esos aguerridos y visionarios emprendedores, inasequibles al desaliento, nos convertimos automáticamente en unos “lusers” indignos de estar en linkedin, unos parias de la especie empresarial y unos absolutos fracasados del currículum.

Hasta que llegas a casa por la tarde, claro. Y entonces te cambias el traje por el burka y a la carga con la segunda parte de la jornada. Es más, me atrevo a afirmar que muchas veces las mujeres no estamos en puestos directivos porque no queremos, porque estamos hasta el moño de organizar la vida al personal que pulula por casa y casi hasta agradecemos que nos la organice alguien a nosotras, para variar. Por dios. Que bastante tenemos con dirigir las áreas de Compras, Logística, Inversiones y Obras Públicas -incluyendo el Area de Medio Ambiente y Sanidad Animal-, ocuparnos de la Subdirección de Seguimiento Escolar y -naturalmente- el área de Ocio, Restauración y Celebraciones. Panem et Circus. Que si no hacemos albóndigas caseras y canelones, el vulgo se nos subleva. Y tiene sus ventajas. Como dice mi amiga Melania, y su teoría de las croquetas, las mujeres duramos más años porque somos capaces de abstraernos al llegar a casa, y concentrarnos en no quemar las croquetas de la cena de los niños, relegando al rincón más oscuro de nuestro cerebro la última reunión de seguimiento o el hecho de que mañana hay que presentar una oferta y la tienes a medio vestir. Los hombres, tradicionalmente, no disfrutan del gratificante mundo croqueta vespertina, salvo excepciones, que afortunadamente para ellos, cada vez hay más. Y claro, siguen rumiando los problemas del trabajo mientras conducen a las nueve y media volviendo a casa, y al final el estrés, implacable asesino, se cobra su pieza.

Volviendo al tema que nos ocupa, creo que existe a nivel mundial una conspiración dirigida por Coelho y sus acólitos con el objetivo de sumirnos a todos en la más profunda miseria y deprimirnos pensando que somos demasiado perezosos para inventarnos el Facebook o para crear una start-up molona. Bueno y qué. En realidad si me toca la primitiva no monto una empresa ni loca. La gente está fatal con lo de “huy, si me toca la primi, yo monto un negocio”. Las narices. Es más, me volverían a ver por mi lugar de trabajo únicamente para invitar a toda la compañía en pleno a una mariscada, aunque sólo fuera por el insano y retorcido placer de ver cómo se escaquea todo el mundo a la hora de comer y dejan el edificio vacío. Oye, qué gozada. Luego, abandonas la informática, compras un terrenito con huerta y gallinas y se dedica uno a estar en paz con Dios y hacer mermelada. ¿Es falta de ambición? Pues yo creo que no… es más bien bajarse de esta peonza enloquecida y sin sentido en la que andamos montados todos y recuperar la honestidad con uno mismo a base de valorar lo que de verdad importa. Yo de momento estoy aprendiendo a hacer mermelada. Que de algo me servirá, digo yo… aunque no me toque la primitiva.

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Rebájame otra vez

cuervo

Dios mío, cuánto daño está haciendo esto de las 50 sombras. El otro día, en yoga. Una criatura joven, fashion y monísima, luciendo modelito zen, recién aterrizada en nuestro vetusto grupo, se quejaba a la profesora de la falta de “efecto” de una asana (o postura) en sus carnes: “Oye, que yo no siento nada”. Las otras diez -de su  misma edad, pero en cada pata- le lanzamos una mirada torva combinada con un “te vas a enterar, que bastante nos cuesta a nosotras arrastrarnos por la esterilla sin rompernos un hueso”. Esta muchacha no es un ser humano, más bien parece una mantis religiosa en postura previa a zamparse un macho de aperitivo. Es imposible que no note nada. Si estuviéramos en BUP, esta criatura hubiera sido vapuleada en el recreo por chulita. Como ahora estas actitudes se califican como mobbing y no como “colleja educativa”, así nos va. Bueno, seamos justos: en mi caso no notaría nada por la falta de riego sanguíneo en los miembros afectados, hasta el punto que me tendrían que llevar a mi casa en ambulancia tras desatascarme la pierna de detrás de la nuca. Las demás nos miramos de reojo conteniendo la risa. Cualquiera en yoga -y más en yoga avanzado- sabe que las asanas no deben molestar -ni mucho menos doler-. Siempre hay alguna modalidad para hacer la postura sin hacerte daño. Otra cosa es que te vayas esforzando a lo largo del curso para conseguir la postura reglamentaria que beneficie a tu cuerpo y a tu espíritu hasta que llegues al nirvana místico o te toque la primitiva, lo que suceda antes. Que un buen euromillones te da una paz interior que te pasas.

Pero doler, lo que viene siendo doler, pues no debe. En otra ocasión, un novato se quejaba a la profe de que tenía agujetas del día anterior. La respuesta fue digna del mismísimo Yoda: Responsable de tu propio cuerpo tú eres. Si dolor te causas, sólo tú el culpable eres. Resumen: si te has roto dos vértebras y ya no podrás sujetar la taza de café sin temblores en la mano izquierda durante el resto de tus días, a mí no me lo cuentes.

La profesora, a la vista de la insistencia de nuestra querida elastigirl en cuanto a que no siente nada, se levanta resignada de su esterilla, acude a donde está la muchacha, le agarra la pierna que tiene estirada en el suelo hacia atrás y se la dobla hasta tocar la cabeza con el empeine, convirtiéndola en un muelle doblado sobre sí mismo, y consiguiendo arrancarle -esta vez sí- un sonoro ¡ay!. Que quería sufrir la criatura, no íbamos a dejarla con las ganas. Faltaría más. Estuvimos a punto de aplaudir con fruición, pero nos contuvimos. Y porque no me dejó a mí, que si no, se entera. Un día la esperaré a la salida, la cogeré de los pelos y me la llevaré a una apertura de plicas atada de pies y manos para que se entere de lo que es sufrir de verdad.

Y os preguntaréis que qué tendrá que ver esto con el título del post. Pues que esto, metafóricamente hablando, es lo que pasa en las sucesivas rondas económicas en una licitación, afición de algunos organismos a la que -sinceramente- deberían darle una pensada porque no beneficia a nadie:

Oiga que su oferta está muy bien pero quiero más rebaja. Leña al mono. Pero mire usted, que esto ya está de aquella manera, y forzarlo más, no lo vemos. Mire que se va a hacer daño. Y revisas el caso económico. Y meneas la cabeza. Y bajas un pelín por eso de cubrir el expediente. Y tus competidores igual. Y vuelta la burra al trigo: Pues gracias, muy amables, pero quiero más bajada. ¿¿Pero porqué?? Y así sucesivamente hasta que la gente se cansa y abandona, no sin dejar la oferta económica en un estado bastante lamentable. Hazlo al revés, hombre; topa el descuento y que gane la mejor oferta técnica. Te aseguras un precio razonable y además se lo lleva el que mejor sepa hacerlo. Al final ponen a uno en la tesitura de tener que enviar al hombre de atapuerca disfrazado de técnico de sistemas, cosa nada recomendable, sobre todo para los servidores. Y uno se retira elegantemente  en cuanto ve el percal y deja que otro -presumiblemente un aprendiz de Grey equipado con máscara de látex y látigo- se encargue de dar / perpetrar / fustigar el servicio. Y suerte tendrán si se queda el que ya está, que al menos los tratará con cariño…

Ay señor… Ommm….

… y te lo pondrás con tooodo…

chicapanueloverde

La chica del pañuelo verde” es una peli para chicas, bastante prescindible, pero que contiene una escena digna de subir a los altares del Séptimo Arte. Me refiero al diálogo imaginario que la gastona criatura mantiene con el maniquí de la tienda para autoconvencerse de la necesidad de adquirir un pañuelo de seda verde: “… no es un gasto, es una inversión” “… y te lo pondrás con toooooodo!!” “este pañuelo resalta tu personalidad!!!!” “lo necesitas!!!!” etc. A la hora de pagar, y tras pasar por la caja 6 tarjetas de crédito sin conseguir reunir toda la cantidad (120  US$, no os vayáis a creer), sale corriendo a un puesto callejero comprar un perrito con un cheque para que le den la vuelta en efectivo y pueda pagar los 20 dólares que le faltan.

Mira que me extraña que los sesudos genios del marketing no hayan hecho alguno de sus experimentos aprovechando la época de rebajas. Lo que se pierde la ciencia de la computación. La velocidad de procesamiento del cerebro femenino a la vista de una ganga -incluso el de la más torda- supera con creces la de cualquier ingeniero especialista en cálculo de estructuras. Deberían ponernos electrodos en la cabeza conectados al móvil y soltarnos por los centros comerciales en plan sondas humanas. Lo que parece seguro es que colapsaríamos las redes de telecomunicaciones incluyendo el Complejo de Comunicaciones con el Espacio Profundo de Robledo de Chavela, el Cloud en general y al mismísimo Watson, que entraría en depresión cibernética profunda y pediría volver a jugar con los robots de ajedrez, que son bastante majetes y mucho menos complicados.

Para ilustrar mi teoría, nada como el vídeo de la “Nothing box“, no os lo perdáis porque es fabuloso y lloraréis de risa. Nosotras no tenemos nothing box, que es lo que hace que los hombres puedan estar mucho rato haciendo cosas de zombis, como pescar o pulsar el mando a distancia de la tele de forma compulsiva. En cambio, sufrimos en nuestros cerebros esa conexión constante de todo con todo, que se activa especialmente a la vista de un artículo rebajado. Es el gen de las recolectoras, que reacciona exactamente igual que el de los cazadores del paleolítico a la vista de una manada de bisontes. Que no hace tanto tiempo que recogíamos bayas unas y cazabais con lanza otros.

Y no son pocos los factores a considerar durante un rápido análisis ocular -muchas veces reducido a los tres segundos que tardamos en pasar por un escaparate-: el aspecto general, la marca, el color, el tacto, las veces que podrías usarlo, las posibilidades de combinación con los demás elementos de tu armario (ojito aquí, que requiere una velocidad de procesamiento cruzado nada despreciable), y en el caso de los zapatos la escabechina que te puede causar el comprar medio número menos del que necesitas (bah, si en cuanto cedan un poco…-y no, no ceden-). Y luego está el precio así como la cantidad de competencia rondando alrededor del producto en cuestión, no digamos del factor “leona en celo” si otra recolectora osa poner la mano en la percha de la que cuelga tu presa.

Si encima está rebajado, y con el antiguo precio a la vista, la frontera entre “te lo pondrás con toooodo” y “seguuuuuro que le sacas partido (aunque no sepas cómo)” se vuelve imperceptible, y el truco está precisamente en ese precio rebajado que figura en la etiqueta amarillo fosforito que nos llama igual que el plumaje de un pavo real a la hembra de su especie. Y los genios del marketing lo saben bien. No podemos evitarlo, es como pedirle a tu chico que aparte la vista de la tele durante un partido de la champion. Imposible, va en el ADN. Unido al tema de la rebaja, entra el juego el factor “arreglo” en el caso de que el producto nos quede grande o pequeño, aunque esas consideraciones ya son de compradora avezada y no siempre se tienen en cuenta, que en esto de las compras, como en todo, también hay clases.

Y todo este cálculo lo hacemos en segundos, arrojando un resultado final de “me lo llevo” o “ahí te quedas, prenda”. Prodigioso…

Bajitas Temerarias

jurassic

No, no voy a hablar de mujeres de talla escasa y nula apreciación del riesgo. Empieza a asomar tímidamente en el sector el tristemente arrinconado concepto de baja temeraria. Eso es bueno. Que se lo pregunten al sector financiero, que se está forrando a base de avales definitivos del 20% en vez del 5%. Cómo lo hará la Banca, que siempre gana. Qué cracks. Esto de la apreciación de temeridad en las ofertas económicas quiere decir que la cosa mejora. Siempre he discrepado con eso de que la oferta más económica es la más ventajosa. Y un jamón. Es la más barata y punto. Si no que se lo digan a determinados organismos que están sufriendo las consecuencias de adjudicaciones “ventajosas”, con analistas senior a tarifa de asistenta (con todo mi cariño y devoción hacia las asistentas, sin las cuales la mayoría de féminas del sector no podríamos vivir). Pero claro, durante los últimos 5 años, a ver quién era el guapo que se presentaba a un concurso público por debajo del 20% de descuento. Bueno si, alguno hubo. Pero lo normal era estar entre el 20%-25%, y si el árbol estaba en un 80-20 bajar del 30% era darlo por perdido. Lo de un 100% precio me parece de traca: Hombre, guárdate algún puntico en la recámara para -a igualdad de ventajosidad- puedas inclinarte por un proveedor porque ya sabes de sus ventajas -o peor aún, de las desventajas de otros-. Que ya nos conocemos todos.

Y cuando digo que el sector está remontando, es por los cambios en un par de índices: el CSC o Cambio Súbito de Corral en todos los ámbitos -gallos, gallitos, gallinas y pollitos- y el QMP (Quiero Más Pasta) en las entrevistas de selección. No hay cosa que me de más pena que un técnico sobresaliente al que se le paga una miseria porque “el sector está así”. Con los peaso CVs que circulan por ahí. Mi esperanza está en que el sector público pase de su tristemente habitual 60 precio-40 técnica a un 60 técnica-40 precio: Se selecciona a la gente que te puede hacer bien el servicio y después que se den de picotazos y que gane el -ahora sí- más ventajoso económicamente. Y veríamos como a igualdad de calidad en las empresas, el factor precio se estabiliza, los servicios van perfectamente y todos dormimos mejor. Rehacer las pifias que un proyecto desastroso deja a su paso es infinitamente más caro que trabajar bien desde el principio.

El truco está en no mezclar churras con merinas: no pongamos juntas empresas solventes con chiringuitos informáticos creados -muchas veces- para la ocasión. Es imposible que compitan en precio, y por supuesto, lo acaba pagando el servicio, o sea, el cliente. Al final de cada tarifa hora hay -entre otras muchas cosas- una persona cobrando un salario, y es la que finalmente paga el pato. O eso, o te montas una solvencia técnica y económica en una fase previa antes de entrar a analizar nada más -Adif y Aena son los amos en esa práctica- y te aseguras la competencia entre iguales. Y no, no dejas fuera a los pequeños, porque si no te importa que estén, puedes graduar las exigencias. Y además, para algo se inventaron las UTEs. Lo que sí puedes intentar con todas tus fuerzas es que aquello no sea un coladero para desaprensivos.

Por otro lado, el verdadero problema en los casos de bonanza sobrevenida no está en la dotación del año uno, sino en la continuidad del año 2 y sus posibles prórrogas. El sector se estabiliza -buenas noticias- y los técnicos quieren recuperar -con toda la razón- su poder adquisitivo -no tan buenas-. Lo que sucede es que la adjudicación está hecha con unas tarifas inamovibles, y cuando las vacas gordas se ven en el horizonte, la cosa se complica: Buenos días buenos días. Que en el corral de al lado me ponen más pienso y además el agua es de Vichy. Jolín. Venga, pues te igualo la ración y como no tengo Vichy te pongo unas chuches. Vale. Día siguiente: Oiga, que a ver qué es ésto, que yo curro lo mismo que Juanito y él tiene chuches y yo no. Y ya tenemos el corral alborotado. Y con razón. Estamos normalizando el sector, se sufrirá un par de años por este motivo, pero al menos se valorará un buen servicio, se quedarán las empresas serias y se limpiará el sector de oportunistas y explotadores. Que como decían en Parque Jurásico… la vida se abre camino…

Genios del marketing

orejas

Que estén las escuelas de negocio llenas y los manicomios vacíos…

Dos genialidades marketinianas, dos, que me acabo de encontrar tal día como hoy, un domingo cualquiera, ambas en el mismo centro comercial.

1. Cómo enviar clientes a la tienda de enfrente

Tenía yo un cheque regalo de 15€ enviado gentilmente por una de mis tiendas de lencería favoritas. El cheque en cuestión me llegó por email, y -a los pocos días- en formato físico a mi domicilio. Pero no era un cheque, qué va. Se trataba de un postalón enorme a todo color rozando el formato póster, complicado de meter en el bolso y por tanto, francamente prescindible: Que ganas de fundirse la pasta en artes gráficas, ozu. Lo que no quepa en mi cartera, en casita se queda. Y sin embargo, según pisé el centro comercial recordé que necesitaba reponer medias de verano, que han ido cayendo en acto de servicio. Confiada en las bondades del marketing on line y armada con el email recibido en mi móvil, me acerco a la tienda en cuestión.

Buenas tardes, buenas tardes. Le enseño el email a la amable señorita que por allí pulula colocando la colección veraniega. Que si puedo utilizar el cheque ya mismito que me vendría bien, le comento mientras se me van los ojos a la nueva colección de bikinis. Me informa  con sumo pesar que no puedo utilizarlo porque debo traer el monstruoso cartelón físico que me han enviado a mi casa, y que -pese a que el email exhibe un código de descuento-, tiene GRAPAR el cartelón a no se qué. Ajá. O sea, que no puedo utilizarlo. Fantástico. Bueno, pues nada, ya si eso otro día vengo y tal, y de momento me escurro a la tienda de enfrente cuyas medias son bastante más baratas que las tuyas y al final para que acaben rotas, tanto da. Give me five.

¿Qué ocurrirá con el bonito póster descuento? que acabará en la basura o me olvidaré de él. Parece casi seguro que su misión, que era la de potenciar mi ya de por sí insaciable consumo, y colocarme además de las medias un bikini y unas chanclas, ha fracasado miserablemente. Ha sido vencido en medio asalto por una triste grapadora y una vendedora adiestrada conforme a los procesos diseñados para esta campaña.

Querido genio del marketing: Nunca, nunca pero nunca, dejes escapar una clienta viva de tu tienda. La grapa te la pondría yo en la yugular, si fuera tu jefe. Por necio. Aprende de los de cortefiel o PdH, que te venden lo que sea aunque te hayas dejado la tarjeta de cliente en casa.

2. Cómo conseguir que tu producto NO se venda

Acto seguido, tras hacerme con 5 estupendos pares de medias en la competencia del primer Genio, me acerco al hipermercado a por “cuatro cosas”. Traducido al mujerés, esas cuatro cosas se acaban convirtiendo en 25 y tienes que acabar cambiando la cesta por el carro para no sufrir luxaciones en ambos brazos y acabes como elastigirl.

Mostrador de charcutería desierto, que es como a mí me gusta encontrármelo.

– Buenas tardes, buenas tardes.

– 250 de jamón york de campofrío.

El amable dependiente me los prepara.

– Que más.

– Hhhmm… pues estoy buscando la marca de pechuga natural que me gusta y no la veo… pero no pasa nada, si no, me llevo de otra marca.

– Ah si, me responde. Está buscando la del “Pavo Feliz” ¿a que sí? Es que está junto con todos los productos de Madrid.

Me quedo noqueada. No sé muy bien si me está tomando el pelo,

– Hein? Pero… está por aquí? está disponible? puedo comprarla? o se nos ha marchado de retiro espiritual?

El dependiente me explica la idea del que acabo de bautizar como Genio 2.

– “Alguien” -maldito Alguien, culpable de todas las atrocidades empresariales- ha decidido que los productos de Madrid estén todos juntos con una banderita de la comunidad pinchada en los lomos.

Pues me parece muy bien, pero el problema es que los han arrejuntado al final del -kilométrico- mostrador, pasados los quesos y rayando la quinta puñeta. Ah, fantástico. O sea, que en vez de poner las pechugas con sus primas las pechugas y los jamones con sus hermanos los jamones, los reubicas bien lejos de donde estamos las maris comprando y los mandas a una especie de guetto charcutero para que no los encuentre ni Harry. Me acerco al guetto. Todos los productos juntitos con su banderita de la comunidad de Madrid, solitos y abandonaos. Ahí estamos.

El dependiente se rie. Y ya verá usté, que la semana que viene nos hacen volver a cambiarlo todo de sitio. Ya te digo. En cuanto el representante del “Pavo Feliz” aparezca por esa esquina a ver cómo se está vendiendo su producto y vea que no lo compra ni Rita. Ya puedes ir guardando bien lejos el cuchillo jamonero…

Y no se vayan todavía que habrá más. ¡Lo intuyo!

* Actualización del 1/7/2014. Las pechugas del pavo feliz han vuelto con sus primas las pechugas, con una banderita de la comunidad pinchada en los lomos. Menos mal que “Alguien” ha recapacitado. O eso o se han leído ese post… 😉