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Pasmada me deja la creatividad de los marketinianos. Revisando un extenso informe sectorial sobre este mundillo del big data, me encuentro con unos paisanos que ofrecen “Insight as a service”. Dios santo. Tantos años en esto y sigo sorprendiéndome. Y no son los únicos. Parece que aquí el que no ofrezca sus cosillas “as a service” es un pobre luser, un caspas, un antiguo, un ser antediluviano en vías de extinción que merece desaparecer del ecosistema empresarial.

Menos mal que tengo clientes sensatos que me ayudan a aterrizar las cavilaciones de los “singermorning“. Uno de ellos, de sector público, me hace la pregunta del millón: “Oye, y esto del “as a service”, en caso de devolución del “service”, ¿cómo va?”

Pues sí señor, muy buena pregunta.

En sector público esas cosas pasan todos los días, ya lo sabéis. Tu puedes estar 4 años realizando un trabajo impecable, pero con cada nuevo pliego, por avatares del destino, precio inadecuado, errores en el aval, caída del motorista que lleva la oferta o cualquier otra desgracia, pierdes el servicio. Nos ha pasado a todos. ¿Y entonces qué? ¿Desenchufamos el “service” y conectamos el del afortunado ganador?

La respuesta a esta pregunta depende por completo del grado de comoditización del “service“. Pongamos por caso que uno se enfada con Microsoft y pretende “desenchufarse” del office 365. O con Telefónica o cualquier otra telco. O con Google. La percepción general es que se trata de commodities, porque todo el mundo lo usa, son baratos -o incluso gratuitos- y encima están en el cloud. Pero no veo yo tan sencillo dejar el gmail corporativo y conectar a todo el mundo al yahoo, o decirle al personal que se busque un editor de texto gratuito por ahí. Claro que a la IBM no le importaría una demanda brutal e inesperada del LOTUS123 (sí, aún existe y vive). Seguro que no pondrían pegas. Si Microsoft ha indultado al Paint por algo será, que a saber qué estará maquinando esta gente. A veces la línea entre la commodity y el monopolio es extremadamente fina. Lo que pasa es que tendemos a asociar “as a service” como “barato y fácil”.

Y si hablamos de BI, Analítica, Integración, Big Data y demás ingredientes que son la base natural de cualquier “insight” medio decente, la pregunta está más que justificada.
Un “insight” adaptado para la compañía y que aporte valor para la toma de decisiones no es tan sencillo de “traspasar”. Porque un insight, al final, se apoya en tres patas: una necesidad del usuario, una información en bruto que suele residir en varias fuentes y estar en distintos formatos y una tecnología que haga de puente entre ambas cosas. Y cuanto más queramos garantizar la validez del insight, mas compleja y profunda será la interrelación entre esas tres patas. Cambiar la pata tecnológica, que suele ser el objeto principal de un pliego, tiene su impacto en las otras dos.

A veces metemos en el mismo saco la tecnología base para producir “insights” junto con los plug-ins, gadgets o visualizadores que se quedan en la capa más superficial de los datos. Estos, en un momento dado, sí puedes sustituirlos sin mucha complicación. No digo que el “true BI” no se pueda desenchufar, pero siempre de una forma rigurosa, estudiada y metódica, y de alguna forma, prevista desde el principio del servicio. Dice el refrán que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Pues imaginaos deconstruirla. Le podéis preguntar a Ferrán Adriá, que a buen seguro no lo consiguió improvisando.

Eso me recuerda que esta noche tengo que pasar el QA de la “tortillaAsaService”, elaborada por una máster en tortilla de patatas y calabacines que ha alcanzado un ANS dificil de superar. Eso sí es una deconstrucción en condiciones, porque la verdad es que no dejamos ni las migas.

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Zombie followers

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Mira que da juego esto de internet . Ha conseguido demostrar lo que ninguna de las religiones a lo largo de la vida de la humanidad: que hay vida después de la muerte.

Me parece justo -y necesario- cerrar las cuentas de los paisanos tras su pase al más allá, pero… ¿darles continuidad en el más acá? ¿Para qué puede querer Facebook -o aún más inquietante, Tinder- un fiambre? Pues según parece, unos iluminados han decidido hacerlo -y por supuesto comercializarlo-.

Os copio el párrafo del artículo de El País que me ha provocado tan profunda reflexión -y desazón-:

“El sistema evalúa el comportamiento en Internet. Recopila, colecciona, archiva y crea un doble virtual para la posteridad. Lo llaman counterpart. “Los usuarios pueden decidir el nivel de autonomía de su counterpart”…. “Pero no se tienen que preocupar de diseñar el contenido que se utilizará póstumamente, porque el sistema aprende de cada una de sus acciones y con ellas crea automáticamente esta identidad digital”.

Toma castaña. Por si no hubiéramos dado suficiente guerra en vida, podremos incordiar eternamente al personal desde el más allá. Esta gente ha descubierto la fuente de la eterna juventud. Imaginemos el 2040: “Oye, cuantos followers tienes? Huy, un montón, 1290 reales, 270 virtuales y 341 zombies. Lo mejor son los zombies, es divertidísimo enzarzarse con ellos y ver cómo responden en jerga del siglo pasado. Tengo uno que dice que es “podemita”, me parto metiéndome con él, y otra que siempre contesta “te lo juro por snupy” ¿y quién narices era snupy? “ A ver, por favor, ¿alguien en su sano juicio haría algo semejante (exceptuando a frikis tipo Sheldon en versión desatada)? ¿Estos señores ha pensado en la desazón que puede causar el “finado” a familia y amigos publicando de forma desenfrenada desde el más allá? Existe el derecho a ser olvidado, pero ¿y que pasa con el derecho a olvidar a la gente?

 

Pues menudo apaño. ¿Y si -pongamos por caso- el counterpart te sale rana? Imagina que se nos descarría en el facebook o en el twitter y se lía a insultos al clero variopinto, a la corona, o a las diversas castas políticas. ¿A quién meten en la cárcel? ¿A la Santa Compaña? Porque a ver quién le echa el guante al zombi éste, que se supone que es una proyección de tu voluntad. A saber cómo puede reaccionar la criatura ante un futuro con no muy buena pinta. ¿Y cómo demonios se bloquea a estos inquietantes seres? Es más, ¿es recomendable? ¿tendrías redaños para bloquear a un zombie? ¿podrías dormir por las noches? ¿te levantarías a oscuras a buscar un vaso de agua sin temor a que te toque una mano helada y te diga “Luke, yo soy tu padre”? Que a saber por dónde nos puede salir el fiambre cibernético, igual con esto de la realidad aumentada se nos vuelve un grasioso y nos mata a sustos. Habrá que apagar la wi-fi de casa por las noches, no vaya a ser que nos dé un jamacuco. Sinceramente, esto me parece un truco magistral de las redes sociales para no perder usuarios aunque se mueran, y encima poder dirigir sus likes como si fueran un rebaño. Me descubro ante su voracidad recaudatoria.

Y la vida después de la muerte en Linkedin puede ser de coña. Por si no había fantasmas, pues toma, unos cuantos más. Imagina que te lías a mensajes con quien tu crees un paisano de carne y hueso, y como el buen hombre dejó a su counterpart en modo amable, tú pensando que estabas a punto de cerrar una venta. ¿Y si te acepta conexión alguien y descubres que es un CIOfiambre? Que yuyu, ¿no? Menudo susto. Al menos, que les pongan alas de angelito en el perfil. ¿Y si uno cambia de empleo estando muerto? ¿Habrá beneficios fiscales por fichar a counterparts? ¿Se formará una plataforma de defensores de los derechos de los nomuertos? Casi estoy por cambiar de profesión y volver a la abogacía, me lo iba a pasar bomba.

Yo, en mi caso, quiero tranquilizaros. Si por casualidad veis un post en mi blog tras mi fallecimiento, os garantizo que no será de mi counterpart digital; será obra de mi fantasma, que sospecho será igual de gamberro que yo.

Coches desconectados

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En esta era tenebrosa de la internet de las cosas, estoy empezando a considerar seriamente las posibilidades que ofrece la no-conexión a esa red monstruosa que nos acecha todos los días, sin que nos percatemos de ello -o sí-. Un traje chaqueta que además fuera jaula de faraday portátil, eso habría que inventar.

El otro día, antes de una reunión, me bajé una app cuya utilidad era la de monitorizar tu conducción para así poder ofrecerte pólizas de seguro a buen precio y otros productos de interés, siempre basándose en tus virtudes al volante y buenas dotes de conducción. Vamos a probar el invento a ver cómo va, más que nada por tener claro a lo que se dedica el cliente.

Y ya lo creo que va. Los únicos que se atrevieron a ofertarme algo fueron los de la Mutua, mi compañía actual, que sabe Dios cómo tendrán los CRMs múltiples para no percatarse de que soy cliente desde hace milenios. Criaturicas. El resto ni mú. De hecho han debido meter mi matrícula en sus sistemas marcada con una calavera y dos tibias. “No asegurar ni en caso de quiebra de la compañía”. Entro en la app a ver mi análisis de conducción. Cómo que “conducción brusca”. Miro los tramos supuestamente delictivos. Pero bueno. Prueba a meterte en la A6 desde la M40 en hora punta. Tienes que entrar como rambo, no con vestido de volantes y cascabeles en los dedos de los pies. La madre que los trajo.  ¿De dónde saca el benchmark de conducción esta gente, de Santa Genoveva de Brabante a lomos de un corzo? “Exceso de velocidad”. A ver. 10 kilometritos de nada, eso además será cosa mía y de la Déjate, aquí el seguro no creo que tenga mucho que decir. Pues parece ser que también. Dice mi amiga Esperanza -que de seguros sabe un rato- que aunque pases un poco del límite, se incrementa el riesgo y sube la prima. En mi caso, la prima no es que haya subido, es que ha huído despavorida. Eso me gustaría matizarlo. Hay cada un@ suelt@ que son un peligro sólo por subirse al coche, y sin necesidad de arrancar.

Pues aquí la super-app ha decidido que soy un peligro al volante y que no me asegura ni Seguros La Ratita Presumida con una venda en los ojos. Y sin embargo, hace siglos que no doy un parte, y cuando así ha sido, siempre con contrario torpe e inequívocamente culpable. De hecho, la app se pone a funcionar en cuanto conecto el waze, silenciosa y vigilante, pero sin decir ni esta boca es mía. Ha dejado de comunicarse conmigo. Y no es justo. La única vez que me estampé yo solita y con plena culpa -y sin contrario- fue hace siglos en una curva de Hoyo de Manzanares bastante tonta; no pude corregir y acabé pastando en una bonita pradera de césped llena de piezas de otros vehículos -lo sé porque me fui a tocarlos por si estaban calientes y pertenecían a mi coche-. Así que no debí ser la única, porque allí había desde guardabarros a tubos de escape. No, no aterricé en un desguace, os lo juro.

Lo que de verdad me preocupa es que esa información de la app llegue -por esas cosas de la cesión de datos- a manos de la DGT, y meta mis trayectos habituales en sus máquinas. Y que además me multe on line, oiga. Sonidito en el móvil “Trrring! Su multa, graciaaas. Vuelva otra vez!” Y como tengas algún medio de pago en el móvil, hasta te lo vacía en directo. Tengo que acordarme de desinstalar este chisme infernal… Dios mío. Ahora os reís, pero… lo que nos queda por ver…

Big data y cochinillo

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Tras 15 días de inmersión exhaustiva en el mundo del business intelligence, he llegado a la conclusión de que el Big Data es como el cochinillo de mi suegra: 4 kilos es inaceptable, de 3 kilos no existen; un animalito de 3,5 kilos es exactamente lo adecuado. Esto va de precisión matemática, casi un ritual, como saben muchos carniceros de Madrid y alrededores de la sierra que han sufrido sus -justificadas- iras. Si te piden un bicho de 3,5 kgs, pues eso es lo que tienes que entregar. Mira que es fácil.

Un buen consejo a las recién incorporadas en esto de los matrimonios es que jamás se les ocurra competir con su suegra en materias culinarias. Nunca en la vida podrás superar a 20 años de experiencia. Por eso yo me especializo en acuerdos de nivel de servicio totalmente diferentes o -como mucho- complementarios. Me explico. Si tienes una suegra que borda el cochinillo, los callos a la madrileña y los asados de todo tipo, ni te molestes. Las comparaciones son odiosas y no llevan a nada excepto a competiciones absurdas y pérdida de mercado. Entérate de qué demanda el resto de los usuarios -principalmente tu suegro, key user donde los haya- y especialízate en ello. Es decir, cocido maragato, canelones, carrilleras, y carabineros a la sal. Tendrás un cliente fiel de por vida. Que la carta de servicios sea complementaria. Y chinpun. Rara vez hago un asado, y desde luego, si se da el caso ni se me ocurre pasar por el Quality Assurance de mi suegra.

Pues con esto del business intelligence pasa lo mismo. No es hacer un bocata ni una merendola. Es complicado de narices. Requiere materia prima, tiempo, prudencia y conocimiento ancestral del mercado y de la evolución de las tecnologías. Y si la materia prima no es excelente -o lo que es lo mismo, los datos no están bien-, te sale -en el mejor de los casos- un asado mediocre que encima te sienta mal, o traducido a lenguaje BI, un cuadro de mando que te cuenta mentiras. He llegado a la conclusión de que no tiene el menor sentido el ponerte a competir con los recién llegados. ¿Que algunos hacen una pizza de peperoni estupenda y además usan masa congelada? Pues me parece muy bien. Yo, directamente, crío a los cochinillos, me los llevo de paseo y además construyo el horno donde asarlos.

Luego llegan los estrellamichelín, que dicen que tu cochinillo no tiene orégano, mozzarella ni pimiento verde. Claro. Es lo que pasa cuando no tienes suegra y te alimentas de Telepizza. Que cualquier asado miserable perpetrado en un restaurante de menú semanal te parece el cochinillo más sublime del mundo. Y lo peor es que se lo recomiendas a los amigos. Ay, señor. Santa paciencia y resignación.

Transformación Digital

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Cualquier integrador que se precie tiene entre sus múltiples bálsamos de Fierabrás a la Transformación Digital (TD). Hay que ver, no sé cómo nos apañábamos antes. Ya es todo un clásico, cuya carencia en las slides de tu nutrido offering hace que te miren por encima del hombro. “Huy, ¿pero vosotros no hacéis transformación digital?” Lo mejor, ir a los clientes a contarlo. El último, casi me hizo soltar la carcajada por su franqueza. “Oye, pero esto de la transformación digital, que estáis todos con la misma historia, ¿me puedes decir exactamente lo que es?” Debo decir que esta pregunta me la hizo uno de los CIOs más respetados del panorama español, que debe haber visto absolutamente de todo. Y en ese punto sólo tienes dos opciones, sacar la varita mágica y contarle el enfoque digital de tu compañía (que es el mismo que el de todos tus competidores), o decirle “Pues mira, la TD es lo que llevamos haciendo muchos años, lo que pasa es que necesitamos encontrar nuevas excusas para venir a veros, (para lo cual tenemos varios cientos de consultores-elfos encadenados en el sótano, pariendo ocurrencias como ésta )”.

¿Que tienes un problema de ventas? Eso es porque tienes que transformar digitalmente a tu red comercial. Cuarto kilo de Salesforce y se acabaron tus penas, vas a vender como en tu vida. Si no es así, entonces es porque tus vendedores son malos, cámbialos ¿Que a tus torpes compradores se la cuelan por debajo del babi? La TD al rescate. Un Ariba por aquí, un toquecito de cloud por allá y se acabaron tus penas. Que se preparen tus proveedores que a partir de ahora será el “negociador” automático el que va a darles para el pelo.

Yo lo que echo en falta en todo este tema de la TD es un poco de cordura. Estamos viviendo momentos donde te puedes encontar con proyectos cuya finalidad es más que cuestionable. Desde instalaciones de herramientas mágicas al peso, porque están fashion y prometen maravillas, saltos al cloud que prometen convertirse en caída libre sin red, o modernización de aplicaciones que vieron tiempos mejores (y que claramente se deberían haber quedado allí).

Echo de menos la Consultoría con mayúscula, la que consiste en ayudar al cliente con una perspectiva diferente y fresca sobre cómo solucionar sus problemas. Es cierto que se hicieron muchas trapalladas en su nombre, pero la progresiva desaparición en las ofertas de la ayuda de la consultoría clásica, ha contribuido a disminuir el valor en la transformación, en la digital y en la de siempre. Porque aunque es cierto que los clientes han aprendido muchísimo, y ya saben lo mismo -y a veces más- que los integradores de soluciones, muchas veces no ven más allá de su compañía o de su sector, sencillamente porque no es su cometido. La principal riqueza de una consultora al uso es la objetividad y la variedad en el Conocimiento, tanto geográfico como sectorial, y es lo único por lo que de verdad merece la pena pagar.

Para mí la transformación digital auténtica sería que Mercadona lanzara su propia nevera, no sé si veis por dónde voy. Todo lo demás es o bien chauchau  de oportunistas, o bien lo que llevamos haciendo un montón de años desde que Internet entró en nuestras vidas: instalar con más o menos gracia y fortuna una solución, convertir (que no transformar) a Java a las antiguallas que aún pululan cual walking dead en el sector de automoción, o cambiar las agonizantes máquinas del sótano por espacio en otro sitio.

En fin. Malos tiempos para la consultoría. Quién sabe si resurgirá de sus cenizas. Desde luego, falta hace.

Derecho a hacer pellas

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Pobres estudiantes de hoy en día. Están todos más fichados que los asesinos en serie.

Es verdad que cuando yo estaba en BUP eran otras -felices- épocas, donde no se nos monitorizaba de forma constante, sibilina y traidora. De hecho, se nos permitía fumar en un cuartito denominado “fumadero”, íbamos vestidas de calle con las pintas reglamentarias de los felices 80 (minifaldas incluidas) y nos íbamos de pellas con cierta frecuencia. En BUP, nos escapábamos al Burguer King de la plaza de los cubos en Princesa, y ya en el COU del Colegio Maravillas– a La Flor de Valdepeñas a tomar cañas, mientras “el sapo” (el sufrido director del colegio, ya entrado en años y kilos) nos perseguía calle Guadalquivir abajo, amenazándonos con la excomunión, la expulsión o ambas cosas a la vez.

Pero esos felices tiempos acabaron, y ahora ser estudiante de primaria o de ESO es una auténtica pesadilla. Pobrecillos.

Para muestra, la última de hoy. Me entra un email de la profe de mi hija de 11 años, conminándome a bajarme una app llamada ClassDojo, a través de la cual voy a estar puntualmente informada de las evoluciones de mi retoña en clase, cuándo tiene los exámenes, los deberes, y cualquier otra incidencia digna de mención,  como que ha faltado a clase, le ha tirado una goma de borrar a Albertito, que la tiene frita, o que ha intercambiado los zapatos con su amiga Begoña y llevan cada una el zapato izquierdo de la otra (esto último verídico y descubierto esta mañana) De aquí a que nos conecten vía webcam en clase y podamos tirarles una colleja virtual cuando se porten mal, va un paso.

Todo esto desemboca en una terrible sensación de persecución -que no es sensación, que es la realidad-. Yo creo que los niños que están en permanente monitorización acabarán más que hartos de la tecnología. No digamos ya los padres, que cada vez que pía el móvil es un sinvivir.

Y a eso sumamos otras herramientas, como el Facebook, donde el cole, pixelando adecuadamente las caras de los alumnos, nos informa puntualmente de la visita al museo de turno de ese mismo día (ríete tú del Just in Time del sector de la automoción). Me descargo la foto y me dispongo a vacilar a la criatura. No se le ve la cara pero es ella (si quieres ir de incógnito ya puedes ponerte gorro, gafas y bigote, pero cuidado al volverte de espaldas porque es facilísimo reconocerte). La cría se queda pasmada. “Mamá, has estado allí???” No hija. Es que hemos enviado un dron para tenerte vigilada, que ya sabemos lo trasto que eres. Venga ya mamá, que no soy tonta. Tu has ido al museo. El de 14 años se parte de risa, -anda boba, que han bajado la foto de facebook del cole-“. 

Conversación habitual a día de hoy, y que hubiera sido totalmente surrealista en las épocas de cuéntame, donde sinceramente, eramos mucho más felices y disfrutábamos de la vida sin estar permanentemente monitorizados.

Reivindico el sanísimo derecho a hacer pellas, disfrutar de la libertad y pagar las consecuencias. Que cuando nos pillaba el sapo, solían consistir en permanecer en el cole un par de tardes y un serio aviso a tus padres, los cuales venían escopetados a ponerte las pilas y apuntarte a atletismo, que para que te pillara el sapo tenías que ser muy torpe…  🙂

 

Pon un Watson en tu vida

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No sé yo. Todos los super ordenadores del cine la han liado parda. Skynet en Terminator, con bastante buen criterio, decide que la especie humana no está del todo fina y que es buena idea exterminarla. Lo malo es que se pasa de frenada y deja el planeta hecho unos zorros. Un poco bruto sí era el chaval, pero ahí os lo dejo. Madre en Alien, la organiza buena equivocándose al confundir una señal de socorro con una de advertencia (que ya le vale, que eso no lo hacían ni los i286 a 12 Mhz). Y no olvidemos ni por un momento 2001 Odisea en el Espacio donde HAL9000, el primo malote antecesor de Watson se nos venía arriba y se autoproclamaba el rey del mambo. Podríamos seguir con Matrix, que el tema da para un libro, pero vamos a centrarnos.

Bajemos al terruño patrio: El día que Watson se siente a tomar café con sus congéneres Clara (Policía) y Rita (la de la AEAT) que Dios nos pille confesados. No quiero ni imaginar las conversaciones. Como además Watson es listísimo y lo suyo es cruzar información, las ordeñará, le dará una vuelta o dos a los datos y a saber lo que sale: Buenos días, buenos días. Que venimos a embargarle el perro que no ha pagado usted el impuesto sobre excrementos caninos del Ayuntamiento. Oiga pero si yo no tengo perro. Sisisisi, que lo hemos visto a usted desde el Google Maps paseando repetidamente con un espécimen cuadrúpedo peludo. Ese es mi hijo, que tiene mucho pelo el chaval, y como está en preescolar le encanta ir a gatas. ¿Que exagero? No sé yo… hasta hace poco se podía engañar a un satélite con olivos de cartón-piedra… 

Y tampoco hace falta que nos pongamos en escenarios pre o post apocalípticos o gubernamentales. Yo me ubico en un entorno cotidiano, en un futuro no muy lejano, en el que las conversaciones domésticas puedan ser como ésta: Que tal, cómo vas. Fatal. Mi Watson se ha peleado con el de mi mujer y no te cuento la que tengo liada en casa. La smartnevera, decididamente, ha tomado partido por el Watson de mi señora y me pilla los dedos cada vez que la abro. Ni una cerveza me deja coger la muy cabxxna. Y lo peor es que la puerta del garaje se ha puesto de mi parte y le está metiendo unas chufas al coche de mi mujer cada vez que le da al mando, que me van a echar del seguro. Eso sin contar con que me ha amenazado directamente con el divorcio al próximo rayajo. Y la desgraciada de la caldera, que es una indecisa de narices y no sabemos de parte de quién está, así que cada vez que nos duchamos no sabemos si va a  congelarnos o escaldarnos. Un sinvivir, oye.

El día que Watson se percate de que los humanos somos torpes, lentos y bastante previsibles, vamos listos. Lo malo no es que exista la super-inteligencia artificial, sino que no sepamos darle el valor adecuado, y lo peor, que no podamos decidir quién debe controlarla. La sola idea de que las conclusiones de un ordenador (por maravilloso y fiable que sea) hagan prueba en juicio me pone los pelos como escarpias ¿Renunciaremos a pensar porque nuestra capacidad intelectual va muy por debajo de la de un super ordenador? ¿Va por ahí la cosa?

Y ya voy a dejarlo estar que me parece que desde el ciberespacio Watson me está mirando y creo que no le estoy cayendo nada bien… Menos mal que estoy en paz con Rita y con Clara…