Archivo de la categoría: Consultoras

Liposucción digital

estrella

Cierta estrella del cine para adultos ha puesto a la venta sus implantes mamarios. La noticia es, como mínimo, llamativa. Y más pintoresco aun resulta que tenga comprador. Un devoto del género los ha adquirido para tenerlos en el salón de casa, enseñarlos a las visitas, usarlos como pisapapeles y tal. Bueno. Aún hay esperanza, me digo. Desde luego, hay demanda para cada oferta, es cuestión de encontrarla.

Las empresas y las personas no son tan diferentes. Tu puedes coger unas piernas viejunas y varicosas, hacerles una buena liposucción, quitarles la celulitis y las varices y dejarlas como las de una quinceañera. Técnicamente es posible ¿Y eso les va a devolver las ganas de bailar? Pues seguro que lo tendría más fácil, menos grasa, mejor circulación, y sin duda alguna mejor pinta. Pero no deja de ser una extremidad a las órdenes de una voluntad. Si el espíritu está agotado, si no hay ganas de bailar, no hay mucho que hacer.

Con las empresas pasa algo parecido. Los que trabajamos en ellas obedecemos a una única voluntad -al menos en teoría- que representa los valores de la compañía, y que respalda la tan manoseada “misión y visión”. Pero estamos en plena disrupción: El mundo de lo digital ha aparecido como una tromba, y en muchos casos se ha llevado por delante la misión, la visión, el profit, los clientes, el talento y no digamos ya los valores.

Hay empresas que -aunque suene muy duro- tienen ya muy poco que decir en el mercado. Sufren, agotan sus recursos, queman a su gente, o tiran los precios en un intento desesperado por sobrevivir. Y no, no les sirve de mucho digitalizarse.

Lo que les toca ahora es la nada grata tarea de parar, revisar la misión y el negocio, y ver si tiene sentido seguir haciendo las cosas como hasta ahora. Si esto se arregla con un toquecito de bótox o bien necesita un trasplante. Y cuando hablamos de grandes organizaciones no es nada fácil, principalmente porque tiene que estar muy bien estructurada y comunicada para que esa nueva misión cale de arriba a abajo y con rapidez. Es entonces cuando entra en juego la transformación. Pero no es justo que la responsabilidad del cambio recaiga en la tecnología. La tecnología ayuda, pero no puede ser el motor. A menos que queramos “migrar” al negocio digital. Sería el caso del Ave Fénix, que tras abandonar su lamentable y penoso estado se convierte en un nuevo polluelo listo para repartir leña. Traducido a lenguaje empresarial significa -como imaginaréis- “cierra el garito y ve abriendo otro, que aquí no tienes nada que hacer salvo perder dinero”.

La transformación consiste en revisar la misión, decidir si hay que cambiarla, ver qué tenemos para lograr la nueva y -ahora sí, con la ayuda de la tecnología y el talento- reinventarnos y volver al ruedo. Hay muchas empresas que ya no están en el ruedo y aún no se han dado cuenta. “Quién se ha llevado mi queso” es una vieja fábula que me encanta porque siempre tendrá vigencia. Aunque lo malo es que no te dice qué debes hacer cuando llegas a por tu queso y ves que ya no queda. Simplemente te cuenta que hay otro más espabilado que tú y al que no escuchaste, y que se fue a buscar queso nuevo -y por supuesto lo encontró-. Así están muchas empresas, desorientadas con el “y ahora que hacemos”. Y los oropeles y brillos de la tecnología a veces no hacen más que confundir.

En este caso no hablamos del Ave Fénix, sino de la capacidad de ciertos animales, como los ratones, que con 7 días de vida son capaces de regenerar parte de su corazón (y no, no os creáis eso del águila que se arranca las plumas, las garras y el pico para regenerarse y vivir otros 30 años, aunque muy inspiradora, es una leyenda urbana) En este caso, habría que hacer un análisis a conciencia de nuestra situación en el mercado, dónde queremos estar y cuáles son los recursos que necesitamos para ello. Ah, el Desarrollo de Negocio, esa difusa “pata” entre ventas y marketing, el principal garante de esa adaptación continua, el que evita ese temido “y ahora que”. Qué pocas son las compañías que lo aprecian en lo que vale. Y una vez tengamos claro ese análisis y hacia dónde queremos ir, ya podemos diseñar un plan de acción y ejecutarlo. Pero no deberíamos empezar a transformarnos sin saber en qué nos queremos convertir. Hasta el ave fénix tenía claro que de las cenizas nacería otro fénix, y no un ratoncillo presa fácil para otros fénix.

Espejito mágico 

Jordi

DIA 1 He conseguido un chisme de esos, réplica fiel de lo que usaba la madrastra de Blancanieves pero en versión digital by Amazon.  Alexa, se llama. Dios mio que ilusión. Me ha costado un congo, pero a partir de ahora voy a ir super fashion. ¡Que se fastidien todas! Ya verán las de la oficina, ya ¡La sesión de prueba me ha encantado! Me ha tomado medidas de todo el cuerpo, y para acertar con mi estilo y color, me ha hecho fotos hasta de los iris y las palmas de las manos, jajaja! ¡Impresionante! Bravo por Alexa!

DÍA 2 De verdad que estoy fascinada. Es cierto que me ha llevado un poco más de tiempo salir por la puerta y que he llegado tarde al trabajo, pero es que Alexa me ha hecho vaciar todos los armarios hasta autorizar mi salida con un “top 10” y un smiley verde. ¡El resultado ha merecido la pena! Para ser una app sin sentimientos ha tenido bastante compasión con mis medidas, jajaja. ¡No me imaginaba que las patas de elefante de mi madre volverían a llevarse! Menos mal que no hice caso al libro de la japonesa aquella,  que me hacía tirarlo todo!  Qué buena idea guardar las plataformas sesenteras, el capacho militar de mi abuelo y el bolso de macramé de la abuela Conchi. Según el barómetro Glamour y Vogue voy ideal, y según el de InStyle, absolutamente divina!!

DÍA 3 He tenido que resetear a Alexa. Yo creo que al verme con muletas no ha sabido bien que ponerme, pero quien iba a imaginarse que las puertas del metro se iban a cerrar sin darme tiempo a sacar los zapatos de plataforma del hueco entre vagón y andén. Ademas el capacho militar se ha enganchado con las puertas y he estado a punto de morir decapitada. Menos mal que el bolso de macramé ha parado las puertas. Afortunadamente Alexa esta en todo. ¡Es la leche! Me ha hecho un apaño con un fular grande indio que compré en el mercadillo de majadahonda a modo de falda envolvente que flipas, ¡ya no se me ve la escayola! Además me ha puesto un croptop de cuello alto monísimo que tapa por completo el collarín. Adoro a Alexa.

DIA 4. He tenido un serio percance con RRHH. El muy caspas me ha dicho que los pareos de playa no son “corporate” y que haga el favor de vestirme con ropa que no salga volando y deje ver las bragas en cuanto ponen el aire acondicionado. Pues a ver si ellos dejan de llevar trajes de lana de burrisaurio en invierno y en verano y ponen el aire acondicionado más bajito. Qué animal. Confundir un bolso vintage de macrame con un cesto de playa. Lo que tenemos que aguantar en esta empresa de trogloditas, dios mío.

DÍA 5 Válgame.  Creo que no me he leído bien las condiciones de la app y a que le daba acceso. Se ha presentado en casa una furgoneta que ha parado el tráfico de mi calle media hora mientras descargaban el pedido -supongo que by Alexa-. La tía ha encargado un gimnasio en miniatura para rebajar mis lorzas, un jacuzzi para relajarme y un peluquero que se ha presentado en casa diciendo no sé qué de mechas californianas. Me parece que debería eliminar los datos de la Amex corporate de mi móvil. Además ha llegado un cargo rarisimo, 300$ de una tienda londinense muy chic, me parece que debe ser el croptop del otro día. Sé que lo hace por mi bien, pero creo que Alexa esta sacando los pies del tiesto.

DÍA 6 Alexa no me ha dejado salir de casa hasta las 10:30. La muy cabrona ha hecho  desaparecer casi toda mi ropa, la interior incluida. Eso sí, he recibido un email muy cariñoso de la ONG “Fashion sin fronteras” agradeciendo mi colaboración e informando que la mayoría de mi ropa iba directa a los mercadillos de Milwaukee porque por talla y estilo no servía para los europeos. Menos mal que Amazon se ha portado y el pedido con mi atuendo de hoy ha llegado a las 10:00. He preferido no mirar el albarán,  ponía algo de Moschino Cheap & Chic. Creo que Alexa y yo no utilizamos los mismos conceptos econometricos, y que por “Cheap” no entendemos lo mismo. Tengo que limitar sus adquisiciones -ya que ni siquiera me consulta- a Zara HM o Mango. Me parece que los zapatos tan cucos que llegaron el otro día son de Furla. Estoy empezando a no mirar los sms que me llegan del banco.

DÍA 7 Tengo que revisar los terms & conditions de Alexa o mis padres me matan. Hemos tenido una bronca del nueve. Al parecer, la cubertería de plata de mi madre ha acabado publicada en Wallapop y se ha presentado en casa un fulano que venía a recogerla. No han querido creerme, y sé que mi padre está mirando sanatorios mentales a escondidas. La muy cabrona de Alexa,  ni palabra. Es que ni se ha dignado arrancar. Debe ser que le ha sentado mal que le quitara los datos de la Amex de sus roídas tripas cibernéticas.

DIA 8 La madre que la parió. Esta mamona de Alexa ha tomado posesión de mi Facebook y ha enviado a todos mis contactos y a su red hasta el segundo nivel mis fotos de la sesión de prueba en ropa interior. Además me ha enviado un mensajito amenazando con realizar la misma operación con Linkedin a menos que le devuelva los controles sobre mis tarjetas de crédito.

DIA 9 Estos desgraciados de Amazon me dicen que en los terms&conditions venía bien clarito que Alexa era una beta y que me aguante. Serán mamones. Ya sé. Voy a fingir mi propia muerte. He comprado un móvil disfrazada de geisha y con gafas de sol, tengo nuevo número de móvil, he fulminado mis cuentas de internet en un descuido de la cabrona cibernética y también he eliminado todas mis cuentas de correo. Oficialmente, ya no existo ¿Porqué no lo habré hecho antes? ¡Me siento renacer!

DIA 10 Mis padres han decidido desheredarme. De hecho, escribo desde la despensa, rezando para que no me encuentren y me internen. Ha llegado una factura brutal de la funeraria “El más allá”. Eso sí, las flores eran absolutamente divinas. De dónde las habrá sacado. Lo malo es que la tuna se ha bebido la reserva 12 años de mi padre, no sin antes acabar con los cubatas del catering. No sé bien quién ha venido a mi funeral, pero tenían una pinta muy fashion.

PD. Estaba pensando en suicidarme, pero Alexa me ha enviado un cheque regalo de bienvenida de 100 €!!!

Perretes 4.0

puss-in-boots-shrek-497126.jpeg

Domingo de veterinario, llevando al animalito a rastras para vacuna y pedicura, coincido en la consulta con una runner que se ha encontrado un perrillo perdido -con collar y chip, al menos-. Como la mujer tiene buen corazón, lo acerca al veterinario en vez de a la policía, donde iría de cabeza a la perrera.

El veterinario se afana en acceder a la base de datos de chips de identificación. Tras hacer dos llamadas para recuperar la contraseña, consigue por fin entrar en la aplicación y mirar el chip del can, a ver si se puede localizar a su dueño. Pero oh, tristeza, oh consternación, resulta que el veterinario madrileño puede acceder a la base de datos pero NO puede visualizar el nombre ni el teléfono del dueño asociado al chip porque se ha implantado en Galicia. Kafkiano. ¿Pero quién habrá hecho el diseño de este sistema? ¿El oso Yogui? ¿Alguien en su sano juicio confía en que los bichos no se muevan nunca de su comunidad autónoma? ¿O las personas, si a eso vamos?

Dado que estamos a 600 kilómetros del lugar, y el bicho no tiene pinta de haber hecho el Camino de Santiago él sólo, llegamos a la conclusión de que el dueño tiene que andar por los alrededores. El chucho no parece abandonado, no está ni inquieto ni triste, sino más bien curioso y pasota. La runner, compadecida, se lleva al animal de paseo a ver si por un casual encuentra al dueño en el poblado de okupas de la zona.

Es decir, que en este país de pandereta, si sales de tu comunidad, no puedes ponerte enfermo ni perder al perro, porque vas listo en ambos casos.

Interoperabilidad, dicen. A ver si es verdad, porque antes de zambullirnos en los data lakes, habría que empezar por cosas tan simples y superadas como unificar las bases de datos caninas y que si un perro aparece La Coruña, puedan avisar a su dueño aunque el bicho haya nacido en Madrid. O multarte por no recoger las cacas, que los argumentos recaudatorios son mucho más efectivos. Y que si pierdes el equipaje con tus medicinas para el corazón, te las puedan reponer en cualquier farmacia, y no tengas que volverte a tu comunidad de origen para que te vuelvan a extender la receta -eso sí, electrónica-. Aún recuerdo cuando empezaba aquéllo de la receta electrónica y en Extremadura andaban mirando un estándar para Cáceres y otro para Badajoz. A punto estuvieron de hacer uno para La Serena, pero se cortaron.

Esto del chip perruno -y gatuno- da mucho juego. Hace unos años mis hijos se empeñaron en que habían encontrado al “gatito perdido”, un lindo animalito cuyas fotos con mirada lastimera circulaban por la urbanización.

Así que me convencieron para llevarlo a nuestro veterinario y que le pasaran el escáner de chip. El gato ya venía un poco agobiado por la presencia de abundantes pelos de perro en el coche y el sobeteo continuo de mis hijos, que ya se veían padres adoptivos del bicho. Según entramos, y dada la abrumadora mayoría de población perruna, el gato entra en barrena psicótica y me clava las uñas tratando de subirse más allá de mi coronilla. Consigo contener al bicho sin sufrir demasiadas lesiones, pero el pobre está de los nervios.

El veterinario accede a la susodicha base de datos y consigue llamar a la presunta propietaria del animal. La conversación va tomando matices insospechados, que escucho a trozos mientras intento vigilar que mi hija no se infle a chuches para perros y que mi hijo no destruya el recogedor de cacas automático que tienen en la tienda de mascotas:

“Que sí, que el chip de este gato está a tu nombre. Sí, al tuyo. ¿Cómo que el gato está en tu casa? Pues perdona, pero aquí hay uno con chip y es tuyo, te lo garantizo. Ah. ¿Que se escapó de casa? Ya… ¿Que igual bajaste del árbol al gato equivocado? No me digas. Si, claro, negro-negro. De arriba a abajo, sin una sola mancha blanca y con los ojos muy verdes. Te aseguro que es él, tengo a una clienta con tu gato, que dice te espera.”

Entonces el veterinario, tratando de no ahogarse de risa, me informa.

Que resulta que el gato que tengo agarrado a mi nuca, es propiedad de una de mis vecinas y -afortunadamente para el gato- paciente de la clínica y residente en la localidad.

Que según comenta la mencionada vecina, hace un par de días se le perdió el animalito, pero que lo encontró subido a un árbol y se lo llevó a casa, donde sigue cómodamente instalado.

Que según todos los indicios, parece ser que el okupa erróneamente rescatado del árbol se adaptó rápidamente a su nuevo hogar, usurpando la identidad y residencia del verdadero gato doméstico que -hasta ahora- se veía obligado a vivir bajo las azaleas de la entrada.

Lo dicho. Vamos a terminar todos con un chip en el cuello, no vaya a ser que seamos malignos suplantadores. Yo no me dejo, os lo voy avanzando.

Neoyorquina adoptiva 2

Sabía yo que esto iba a dar juego. Está la ciudad en zafarrancho de combate. El proceso de entrada en la oficina, laborioso. Analizo desde la ventana de mi habitación el modus operandi de los paisanos expertos en caminar en estas circunstancias. Van en manadas, como las cebras, y pegados a las paredes. Así se protegen unos a otros del viento y la nieve. El que va primero, generalmente, no se percata de que está haciendo de parapeto a los demás. Salgo del hotel en un rapto de valentía y el viento me azota la cara. No veo ninguna manada a la que unirme. Suerte que el portátil me hace de contrapeso. No se ve el asfalto bajo la capa de nieve, no distingo acera de calzada. Seguro que ya tengo a 6 o 7 paisanos a rebufo cobijándose de la ventisca a mi costa, pero como el viento está a punto de arrancarme las lentillas de los ojos, no me atrevo a mirar hacia otro sitio que no sea hacia abajo. Tengo las pestañas llenas de nieve. Llevo paraguas pero si lo abro salgo volando con portátil y todo. Unos copos de nieve gordos y enormes se meten hasta el corvejón. Llegué a la recepción, good morning my friend, i come to the training. Será un training de Yetis, debe pensar el de seguridad

A las 5,30 acaba el día 1 del curso y abandonamos el edificio de la oficina, para tratar de avanzar de nuevo hasta el hotel, que -hay que mencionar- está en la acera de enfrente. Camino con mucho cuidado, metiendo mis timberland hasta el tobillo en una nieve sucia y medio helada. Y yo tengo suerte, porque a una de mis colegas americanas la ha sorprendido el temporal y ha venido pertrechada con unas escotadas bailarinas y sin calcetines. Lo más adecuado para meter en la nieve los pies hasta los tobillos. Válgame criatura, vete a Macys a por unas botas de agua, que te van a tener que amputar los dedos de los pies.

Subo a la habitación y me encuentro con una amable notita de la dirección del hotel. Que por la tormenta de nieve el servicio es limited (vamos, que me apañe como pueda). Huyo de la zona catastrófica que es mi cuarto y bajo a cazar algo de cena. Ayer ví un montón de sitios, la mayoría de takeaway. A ver si consigo una ensalada y algo de fruta. Comienzo a caminar entre el viento aullador, tratando de no resbalar en la nieve helada y romperme el coxis, este país no es el mejor sitio para acabar en un hospital y menos en mitad de una emergencia. El truco está en pisar con fuerza y decisión, como las modelos rusas, aunque la realidad es que terminas pareciendo un percherón haciendo surcos. También es bueno pisar sobre la huella que haya dejado otro, no importa si está llena de agua sucia. Experimentar pisando en una montaña de nieve virgen sin saber qué hay -o no- debajo, no es nada recomendable.

Mi espíritu aventurero va a costarme caro, lo sé. No veo nada abierto, los sitios de la séptima están cerrados. Claro. La gente, simplemente, no ha ido a trabajar. Parezco la huérfana Annie buscando alimento cuando veo el cartelito salvador “Sushi”. Ah, el mundo asiático, estos sí que son currantes. Bueno. Pues vamos allá. Según entro en el desierto y minúsculo garito comprendo que he cometido un tremendous error. Pero bueno, es que tampoco hay nada abierto y no me seduce nada el restaurante del hotel. Visto lo que ha pasado con el servicio de habitaciones, de cena tendrán helado de Yeti. Pido un combo de sushi. Le pregunto si lo tiene ya preparado. Me contesta que sí, me cobra e inmediatamente se pone a perpetrar el menú. Típico. Lo cierto es que tarda poco, pero prefiero no mirar sus maniobras ni el aspecto de los pescados que hay en la vitrina. Glacias, glacias, haveaniceday, las narices, a ver qué me ocurre cuando me coma ésto. Igual me convierto en Gozilla. Además, como aquí todo es grande, me ha preparado unos niguiris del tamaño de bollicaos. Yo esto no me lo como ni tras dos meses de dieta. En caso necesario, ¿cómo demonios me deshago del sushi sin servicio de habitaciones? ¿Qué hago? ¿Lo camuflo disimuladamente en un montón de nieve? ¿Lo dejo en la nevera hasta que críe? No me va a quedar otro remedio que comérmelo. Dios cuánto me equivoco.

Entro en hotel con mi lamentable captura, sin saber si comerlo o enterrarlo, y decidida a ponerme el pijama, abrir el portátil para hacer los deberes y no menearme del cuarto hasta mañana. Los días son muy largos (con esto del jet lag amaneces tipo 4) y estoy cansada. Me encuentro en el hall con mi compi holandesa, que se dispone a salir. Se queda mirando el sushi consternada. Que visto que la delegación española soy yo y mi circunstancia, me invita a unirme -a partir de mañana- a la panda de holandeses para irnos por ahí a cenar. Esto se va animando. Tengo curiosidad por ver cómo tiene los pies mi colega americana, y si han tenido que amputarle algún dedo. Claro, que la holandesa debe estar pensando cómo me habrá sentado el sushi con aspecto radiactivo y si vendrá el enterrador de la pala a retirar mi cuerpo mañana.

Y ya por último os dejo en primicia algunas imágenes de hoy. Iba a poneros las del sushi pero os las ahorro:

Transformación Digital

magia

Cualquier integrador que se precie tiene entre sus múltiples bálsamos de Fierabrás a la Transformación Digital (TD). Hay que ver, no sé cómo nos apañábamos antes. Ya es todo un clásico, cuya carencia en las slides de tu nutrido offering hace que te miren por encima del hombro. “Huy, ¿pero vosotros no hacéis transformación digital?” Lo mejor, ir a los clientes a contarlo. El último, casi me hizo soltar la carcajada por su franqueza. “Oye, pero esto de la transformación digital, que estáis todos con la misma historia, ¿me puedes decir exactamente lo que es?” Debo decir que esta pregunta me la hizo uno de los CIOs más respetados del panorama español, que debe haber visto absolutamente de todo. Y en ese punto sólo tienes dos opciones, sacar la varita mágica y contarle el enfoque digital de tu compañía (que es el mismo que el de todos tus competidores), o decirle “Pues mira, la TD es lo que llevamos haciendo muchos años, lo que pasa es que necesitamos encontrar nuevas excusas para venir a veros, (para lo cual tenemos varios cientos de consultores-elfos encadenados en el sótano, pariendo ocurrencias como ésta )”.

¿Que tienes un problema de ventas? Eso es porque tienes que transformar digitalmente a tu red comercial. Cuarto kilo de Salesforce y se acabaron tus penas, vas a vender como en tu vida. Si no es así, entonces es porque tus vendedores son malos, cámbialos ¿Que a tus torpes compradores se la cuelan por debajo del babi? La TD al rescate. Un Ariba por aquí, un toquecito de cloud por allá y se acabaron tus penas. Que se preparen tus proveedores que a partir de ahora será el “negociador” automático el que va a darles para el pelo.

Yo lo que echo en falta en todo este tema de la TD es un poco de cordura. Estamos viviendo momentos donde te puedes encontar con proyectos cuya finalidad es más que cuestionable. Desde instalaciones de herramientas mágicas al peso, porque están fashion y prometen maravillas, saltos al cloud que prometen convertirse en caída libre sin red, o modernización de aplicaciones que vieron tiempos mejores (y que claramente se deberían haber quedado allí).

Echo de menos la Consultoría con mayúscula, la que consiste en ayudar al cliente con una perspectiva diferente y fresca sobre cómo solucionar sus problemas. Es cierto que se hicieron muchas trapalladas en su nombre, pero la progresiva desaparición en las ofertas de la ayuda de la consultoría clásica, ha contribuido a disminuir el valor en la transformación, en la digital y en la de siempre. Porque aunque es cierto que los clientes han aprendido muchísimo, y ya saben lo mismo -y a veces más- que los integradores de soluciones, muchas veces no ven más allá de su compañía o de su sector, sencillamente porque no es su cometido. La principal riqueza de una consultora al uso es la objetividad y la variedad en el Conocimiento, tanto geográfico como sectorial, y es lo único por lo que de verdad merece la pena pagar.

Para mí la transformación digital auténtica sería que Mercadona lanzara su propia nevera, no sé si veis por dónde voy. Todo lo demás es o bien chauchau  de oportunistas, o bien lo que llevamos haciendo un montón de años desde que Internet entró en nuestras vidas: instalar con más o menos gracia y fortuna una solución, convertir (que no transformar) a Java a las antiguallas que aún pululan cual walking dead en el sector de automoción, o cambiar las agonizantes máquinas del sótano por espacio en otro sitio.

En fin. Malos tiempos para la consultoría. Quién sabe si resurgirá de sus cenizas. Desde luego, falta hace.

Basura digital

lamagiadelorden

No, no va este post de TVs, ni de políticos. Mi fuente de inspiración ha sido un libro que descubrí en una revista de decoración, de las que compro para suspirar, porque para otra cosa no da mi vida, y que me ha abierto los ojos frente a un mundo nuevo. El del ORDEN.

La moza en cuestión -japonesa para mas señas, raza cruel- ha llegado ella solita a la conclusión a la que muchos hombres llegan tras años de matrimonio: no faltan armarios, sobran cosas. Oye, que va a tener razón la jodía. Marie Kondo, se llama la criatura, y se está forrando como consultora a base de ayudar a la gente a deshacerse de cosas.

“La magia del orden”, aunque resulta fascinante, está enfocado al mundo físico. No, tranquilos, no me voy a poner a disertar sobre cómo acabar con la superpoblación textil en casa. Aunque tengo que decir que este finde, en un  rapto irrefrenable y en pleno jetlag (cosa que no comprendo) he realizado un proyecto piloto y he acabado con más de 10 bolsas en el punto limpio y otras 6 en poder de mi insustituible asistenta (violando una de las reglas del libro, que prohíbe regalar nada. Si una cosa no es buena para tí, no lo será para tu familia. Pero en fin, nadie es perfecto). Si alguien me explica porqué después de un viaje de 12 horas en avión y sin apenas dormir, me he puesto a vaciar armarios se lo agradeceré porque empiezo a pensar que me han dado algo radiactivo en el avión, seguramente el dichoso POLLO, que llevo una semana comiendo pollo en USA, que ya les vale. Claro, que si la opción era el caimán de las everglades, pues lo entiendo, que bicho más insípido, que básicamente ha nacido para nadar entre el fango o hacer buenos bolsos. Y ya.

Pero volvamos al tema, no sin mencionar que estoy a punto de llamar al punto limpio y que me hagan servicio a domicilio con un bulldozer y una pluma de 20 toneladas. Me estoy yo aficionando a eso de tirar cosas. Hasta se respira mejor. Hoy un niño me ha roto un adorno de la terraza de un balonazo -cosas de la urbanización donde vivo, afortunadamente hay niños que juegan al fútbol- y casi que me he alegrado.

Lo que venía a contar aquí es que el libro de marras no entra al trapo con la basura digital que todos sin excepción guardamos en nuestros portátiles o -ay- en el dichoso cloud. Que parece que el cielo y el espacio son infinitos, pero no.

El problema no es guardar roña, desechos, basura, emails o chismes digitales variados. Que en el cloud cabe de todo. El problema es navegar entre dicha basura para encontrar aquéllo que realmente -y aplico aquí el libro al pie de la letra- te hace feliz. Es decir, ¿en serio aquella presentación que hiciste en el año del hambre (si, aquella del eprocurement que rescataste de un diskette) y que quedó tan mona, te parece reaprovechable para el futuro? Ah, que bonita esa estética de los monigotes, ¿verdad?. ¿Y ese excel tan brutal que cocinaste para aquella oferta, ¿sirve para algo? Es más, ¿tu versión de office actual puede abrirlo? Hmmm no lo has intentado, ¿a que no? ¿Y todas aquellas presentaciones que descargaste de un evento en los felices punto.com realmente te sirven, aparte para justificar el dineral que clavaron a tu empresa?Pues no, no y no. Al fuego con ellas.

Así que el verdadero dilema está en navegar entre la BARBARIDAD de morralla digital que custodiamos en nuestros discos duros cuando necesitamos algo. ¿Quién no tiene un montón de ficheros excel guardados como V1, V1.2, V2, V3-esta_es_la_buena, V4-esta_es_la_rebuena, V5-estanolacambioya, V6-pormismuertosqueestaeslaredefinitiva? Que yo creo que pertenecemos a una quinta que se refugia en que la biblioteca de conocimiento mugriento que atesoramos es nuestro principal activo. Y no. Es lo que hemos aprendido a lo largo de décadas de evolución digital lo que de verdad nos hace valiosos.

Creo que lo mejor que nos puede pasar es que casque nuestro disco duro o el cloud se niegue a servirnos nuestros ficheros, por cansinos.

Ah, sí, las fotos, me diréis. Cómo me voy a deshacer de las 214.546 fotos de mis vástagos y los 45.080 vídeos. Fácil, os doy la receta. Aquí sí que aplico el libro a rajatabla: quédate con las que de verdad te transmitan algo, las que merecen un marco. El resto a la porra. Ya era sabia Kodak, ya… 12, 24 o 36 imágenes. Más que suficiente para cualquier evento bodas incluidas (y doble sabio porque ir a casa de alguien después de un viaje exótico no suponía suicidarte en mitad del espantoso e infinito pase de diapositivas (otro infernal invento que se puso de moda en los 80).

En fin, que os recomiendo encarecidamente el libro, y también que hagáis limpieza de disco, que es bien fácil. Si no has mirado una carpeta en años, bórrala. Y si encuentro un conductor de bulldozer caritativo y competente, descuidad que os lo colgaré aquí, por si alguno se anima a pasar del mundo digital al real. ¿O de verdad no tienes en el sótano cajas con ofertas, propuestas, presentaciones, entregables, folletos o demás sinsentidos? 🙂

Criaturas Cibernéticas III

galletas

Acabo de convertirme en ISP*. Si señores. He ascendido en el escalafón. Ya no soy Directora de Logística y Aprovisionamientos, y Responsable del Servicio Técnico y resolución de pifias informáticas variadas. No señor.

Y cómo ha sucedido semejante cosa. Fácil. Pon a dos adolescentes ceñudos  y protestones sin wifi en un viaje de 5,30 horas. Sin DVDs, porque ya a estas alturas de la vida ponerles Spirit o La oveja Shaun (que es donde se quedó nuestro stock DVD), como que no. Aparte que es un rollo colgar los soportes y conectar las dos pantallas. La una, que está con Justin Bieber, Selena Gómez y las Disneyseries, que yo creo que la están lobotomizando. El otro, que casi prefieron no saber por dónde campa porque me espeluzno cada vez que echo un vistazo al -maldito- ipad.

Y en ese momento, en qué demonios estaría yo pensando, no se me ocurre nada mejor que compartirles la conexión de mi móvil para aliviar su tedio y su manifiesta incapacidad para entretenerse dándose patadas y codazos, que era lo que hacíamos mis hermanos y yo en los viajes familiares de 7 horas metidos los cuatro en el asiento de atrás. A ver chicos, activad la wi-fi. Las criaturas de hoy no saben de dónde sale la leche, suponen que del tetrabrick. El mundo vaca les resulta un tanto desconocido, aunque debo decir que los míos son una excepción porque viven en el campo y tenemos a las vacas de José Tomas enfrente de casa. Lo jodido es soltarlos por el metro de Madrid. Paco Martínez Soria, un cosmopolita, comparado con estos dos camperos. Y es que todos los adolescentes de la tierra piensan que la wifi es un derecho natural adquirido sin el cual no se puede vivir, y que viene del cielo, del cloud o de los dos sitios. Añadimos además que el mayor tiene un zapatófono sin datos que a la fecha aún no ha perdido -démosle tiempo- y la otra tendrá móvil cuando dé a luz a mi primer nieto, vistas las atrocidades que comete en cuanto tiene acceso a la red.

Las criaturas activan la wi fi de sus respectivas tabletas, y comprueban alborozados que esto del viaje es como estar en casita pero de camino a la playa. Y entonces compruebo que tengo a dos sanguijuelas libando hasta el último giga de mi -nada despreciable- banda. Ni el apalabrados me funciona. Toma, por lista. Vaya par de garrapatas cibernéticas. A ver cómo tiro yo ahora las 5 horas de la narices. No tengo ni una mala revista y la meseta es especialmente aburrida. Pruebo a apagar la conexión compartida. Protestas por parte del dueño de una de las tabletas. La otra usuaria no da señales de vida, se ha quedado frita. Apago la wifi de la lenovo y dejo al ipad libando. Vaya por Dios, estoy comenzando a aplicar esto de la pizza as a service, pero con internet. Yo creo que ya me queda poco para ascender a CIO. Eso sí, al menos se hace el silencio en el asiento de atrás y se acaban las protestas y el “cuánto falta”.

Pero esto no es más que el principio. Comienzo a visualizar lo siguiente, andando por la calle. “Mamá, me das wifi?” Vamos, como lo de “mamá, teta, o mamá dame galletas”. Lo mismo pero en cibernético. Anda que ni al que asó la manteca se le ocurre. Ahora ya saben que mamá además de albóndigas, hace wifi. Lo que me faltaba. Venga, que ya me queda menos para jubilarme y montar mi granja. No, de servidores no. De gallináceas de las de verdad, de las que tienen plumas. No quiero volver a ver un chip en mi vida.

*Internet Service Provider. Lo que hace que funcione tu wifi, por resumir.