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Neoyorquina adoptiva 4

tedstryker

Termino la serie Neoyorquina con una profunda reflexión sobre las infraestructuras de transporte de la zona, a bordo del AVE, que es el equivalente del challenger espacial en esas tierras.

Que espíritu el de los neoyorquinos, oye. Son admirables. Están hechos para sufrir. Tú sales de casa, digamos, a coger el cercanías en Atocha, y en la puerta, te para uno de seguridad de Adif diciéndote que no puedes entrar. Ni en esta estación ni en ninguna otra porque está cortado el tráfico de cercanías y de metro en toda la capital. Como mínimo piensas en un cataclismo, un apocalipisis zombi o que a la alcaldesa le ha dado definitivamente el gagá y está en su despacho vestida sólo con un collar de flores planificando que a partir de ahora vayamos a trabajar a caballito.

Pero cuando eso sucede en NY, el de seguridad no es como el de Adif, no. Este paisano lleva pistola, y bien a la vista, no vaya a ser que algún decidido insista en entrar (o que alguno de la colonia coreana que vive en el metro se emperre en salir). No contentos con eso, te cortan todo el tráfico subterráneo de la isla.

En este caso, sucedía que un Amtrak se había encalomado sobre otro tren que pasaba por la Penn station, un viernes a las 15 horas en plena salida de la gente de sus trabajos.

Así que te toca armarte de paciencia y chuparte dos horas de atasco monstruoso desde Manhattan al aeropuerto, rezando para no perder el vuelo, a través del famoso túnel de Queens, que es como el de Francisco Silvela pero un poco más largo e infinitamente más viejo. Estos ven los túneles de la M30 de Gallardón y te montan ahí tres líneas de metro, un  intercambiador, dos centros comerciales y puestos de perritos en las isletas. Y además nos envían a la colonia de coreanos del metro de NY.

Caminar por el aeropuerto JFK te hace sentir como en la peli Aterriza como Puedas. Esa moqueta venerable, esos perfilados de los años 60, esos baños de cuéntame. Esa cerveza Coney Island, solamente bebible tras haber pasado dos horas haciendo un examen en inglés y ya por pura desesperación a ver si me desmayo en el vuelo. Pero no. Me he llegado a plantear autolesionarme de un golpe en la cabeza a ver si desfallezco al menos unos minutos. Así que me encajo en mi asiento de American Airlines, en modo sándwich, entre un marine de 2 metros cuadrados y un ser con dolor crónico de espalda (lo sé porque me dio todo lujo de detalles mientras esperábamos). De pronto, una azafata viene corriendo por el pasillo y pide el pasaporte a 3 ó 4 pasajeros. ¡Ole por ese control de pasaportes saleroso! Aquí se te cuela hasta el tato, por debajo del babi.

Pero debo añadir que en esta aerolínea son amigables –a la par que brutalmente sinceros- con el pasaje: “Hey folks, it seems we miss a pilot”; al oir la palabra “piloto” se te enderezan las orejas, y te viene a la cabeza la imagen de Ted Stryker en la gloriosa Aterriza como Puedas, corriendo por el aeropuerto. Debe estar en ello, apartando harekrisnas a puñetazos. En Iberia te soltarían un escueto “comprobaciones técnicas” y punto. No te confiesan candorosamente que ignoran el paradero y posible grado de resaca de uno de los pilotos de un vuelo transoceánico, ni que el otro tiene un tic en el ojo. A los diez minutos, nos vuelven a dar noticias del hombre perdido: “Hey guys, we have pilot!!!” La gente aplaude. Dios mío. No sé yo que es peor; que Pepe Gotera y Otilio estén decidiendo si un tornillo está bien ajustado o que tengamos un piloto a bordo resacoso o con problemas para usar elementos de medición del tiempo u otros parámetros más críticos para la navegación aérea.  Pero parece que por fin nos movemos del finger, con casi 40 minutos de retraso, y entonces comienza a entrar un brutal olor a queroseno. El marine se endereza olisqueando y se pone en modo DEFCON1. Me juego el cuello a que este lleva su arma reglamentaria en el equipaje de mano. Estoy por decirle que por chungo que se ponga el tema, que no me sacrifique para evitarme sufrimientos, que le dé preferencia al de la espalda, que parece que el cuerpo le pide tierra. Sale el rollizo comandante de su guarida, echando una poco disimulada carrera hacia la cola del avión, mientras todos giran la cabeza a su paso. El de la espalda se ha muerto o es de plástico, porque no se menea.

Comienzan a darnos una detallada explicación técnica en inglés de la cual entiendo el 10%, pero básicamente termina con un “no problem”. Casi prefiero no estar informada sobre si la ventanilla del lavabo estaba mal cerrada, o si alguien estaba echando el último piti con la puerta del avión abierta. A continuación, un escueto mensaje en espanglis; Amigosss todo es normal. Que va a ser normal, desgraciao, que esto apesta como si le hubieran hecho la manicura a todo el pasaje. Así empezó el apocalipsis zombi, un avión lleno de paisanos atiborrados de aroma a queroseno durante varias horas, estoy segura.

Tras larguísimas horas de vuelo, durante las cuales mi vecino se atizó 6 whiskis y yo tuve ocasión de decepcionarme con lalaland, que pude ver entre patada y patada de mi vecino el dolorido crónico, aterrizamos en la T4 satélite. Eso si; tras un aterrizaje abortado y en la más lejana de las lejanas y puñeteras puertas, donde además del trenecito deberían plantearse hacer línea de metro con doble andén hasta  la terminal principal. Será por infraestructuras, caramba. Que aquí vamos sobraos.

 

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Drones banusinos

dron

Andan los ánimos un tanto exaltados por Banús. Creo que se debe al exceso de madrileños por metro cuadrado,  que traemos el estrés, las prisas y el agobio de serie.

Quizá no nos demos cuenta, pero los lugareños nos fichan ipso facto, según descargamos el hardware playero del coche en menos tiempo del que tarda el equipo de Alonso en cambiar las 4 ruedas a falta de dos vueltas.

Hoy teníamos trifulca familiar en el chiringuito y todo apuntaba a que la cocina no iba a estar disponible. Es lo que tienen los negocios familiares. Lo malo es que el grifo de cerveza tampoco, y hoy hace un calor importante.

La familia madrileña que se ha instalado a nuestra vera ha tardado 15 minutos en llegar, alborozarse, ponerse la mamá un sombrero muy stylish,  untar de crema a las criaturas,  desplegar las toallas en las hamacas,  tener una breve dicusión y levantar el campamento a la vista de la no disponibilidad  de la cerveza -y sin duda del servicio de restaurante-. No he podido resistirme. He abierto mi neverita y he sacado una cerveza helada, se que el “chasss” de la apertura les ha sumido en la envidia más corrosiva. La mirada de la hembra alfa ha estado entre el odio, el pasmo y la rendida admiración. Mi manada esta a salvo de las contingencias. Pobrecillos.  Van a llegar 6 sin reserva a las 14:00 a un restaurante marbelli. Crisis matrimonial a la vista, profetizo. Eso sí,  nos vendrían bien las cervecitas de grifo y unos victorianos con limón, no os lo niego. A ver si mañana han arreglado sus desavenencias y se restablece el ANS habitual.

Ayer me sorprendió un dron sobrevolando la playa, deteniéndose con impunidad sobre las tumbonas. Que bien me vendría tener un águila imperial de mascota. “Ataca Lola!” y Lola atrapa el dron entre sus garras y lo deposita delicadamente mar adentro sobre la ola que más le guste.

“¿Mama eso es legal?” Preguntan mis hijos. Pues hijo tan legal como que yo coja el móvil y le haga una foto a las lorzas de mi vecina. La playa es un sitio público. Cosa distinta es que la colega se levante y me arree una muy merecida torta por ordinaria. El dron planea impunemente sobre las hamacas y contraataco con la cámara de mi móvil. No me preocupa tanto que sus imágenes acaben en Facebook o incluso en LinkedIn. Me parece peor que terminen -no se sabe como- en poder de Watson y que en breves minutos aparezca una zodiac de greenpeace llena de activistas al rescate y me lleven a los mares del ártico a vivir feliz con mis congéneres marinos. Mi hijo localiza al dueño enseguida. El dron regresa obediente hacia un ser encapuchado que podría ser el hermano mayor de frodo bolson, o luke skywalker jugando al escondite; con un pedazo de mando a distancia que camufla bajo una toalla. Parece una jaima ambulante, el tío.

Lola. Que bonito nombre para mi águila.  Creo que incluso podría llevarse al fulano este a algún campamento islámico de los que hay allende el estrecho, para que espabile. Eso sí, que lo deposite con cariño y elegancia.

Neoyorquina adoptiva 3

desdeleempire

No sé qué pensar de NY. Desde luego, tenemos cosas en común. Nueva York, la ciudad que nunca duerme. ¿Y porque no duerme?  ¿Por glamour? ¿Por vida nocturna? Pues no. Es que aquí no hay forma humana. Circulan con los trailers por el corazón de Manhattan a las 5 de la madrugada como si estuvieran en el rally Paris Dakar perseguidos por todas las furias. ¿Pero dónde compra las bocinas esta gente, por amor de Dios, en los astilleros de Ferrol? ¿Es que esperan cruzarse con el Queen Mary en la séptima con la 34?  Un día me van a matar de un infarto, mientras me despierto aterrorizada porque sueño que un mercancías de la Renfe me va a pasar por encima.

En las calles de Madrid -pongamos un equivalente, que sería Serrano esquina Jorge Juan-, montas ese pollo y al día 2 están los vecinos montando una barricada para reventarte todas las ruedas del trailer por simpático. No sales vivo, suponiendo que los municipales no te hayan inmovilizado previamente el cacharro por escándalo público.

Claro, luego ves los camiones y te lo explicas, igual que los bichos en Latinoamérica; así es el mosquito, así es la rana. Tu pides un café en el starbucks y te endiñan un pozal que tardas la vida en bebértelo. Lo alucinante es que no te despierta, por eso ves a la gente tomándose uno detrás de otro como si fueran biberones mientras tú te vas cayendo de sueño por las esquinas.

Eso sí, esta gente es super religiosa. No les queda otra, imagino. Lo sé muy bien porque tengo una iglesia justo bajo la ventana de mi habitación. Yo creo que hasta que no han llegado todos los de Queen y el Bronx a la misa de 07:00 en el centro de Manhattan, no dejan de tocar las campanas, no vaya a ser que alguno no se haya enterado. Así se aseguran de que venga hasta el camionero, que supongo habrá dejado aparcado el trailer en el muelle 86 del west side junto al portaaviones Intrepid, para que se hagan compañía.

Aquí todo es enorme, menos el metro, que no es que sea grande,  no. Es que puedes vivir en él. Hay gente durmiendo en los vagones, pero no te asustes, no es que sean homeless ni delincuentes, es que sencillamente no pudieron bajarse en su parada en su día y viven allí.Tu vas tan tranquilo en tu vagón, rodeado de otros guiris y paisanos, y de pronto oyes una voz de ultratumba que dice muy educadamente por la megafonía “Este tren ya no para en Cuatro Caminos, va a dar un par de vueltas por la Almunia de Doña Godina, y previo pase por Benicarló, verá si te deja en Nuevos Ministerios”. Pues algo parecido. Si lo entiendes bien, y si no, pues también. Se sabe de grupos enteros de coreanos que han establecido colonias en el metro por no entender las instrucciones de la megafonía. Así está el ambiente de animado, claro. Una fiesta.

Y qué decir de la cerveza. En España pides “cerveza” como genérico y te traen una caña. Aquí no, la medida estándar es una pinta, y según como te vean de talla, te sirven cosas de litro para arriba. Ah, y el vino del país. Que maravilla. Los tintos, inmejorables para guisar carrilleras al vino. También tienen un blanco -Chardonnay por mas señas- que para abrir mejillones al vapor tiene que ir de escándalo. Eso sí, no te lo bebas a menos que quieras tener acidez el resto de la semana. Yo creo que en algún sitio de la etiqueta pone “no apto para consumo humano”, pero como nadie se lo lee, pues así van. Criaturicas.

En fin, que ya me queda menos y estoy deseando volver a Madrid, tomarme una copa de verdejo o un rioja, un cortado de postre y dormir del tirón -al menos- 4 horas. Dios mío, que hermosura. Lágrimas en los ojos tengo sólo de pensarlo.

Neoyorquina adoptiva I

El destino me ha puesto por delante quince días de formación en NY, lo cual está muy bien, siempre y cuando no te pille una nevada ventisquera, que es el caso.

Aunque a las 04:35 hora local me he despertado (y dando gracias porque he batido mi récord de sueño en estos casos), he conseguido volver a dormirme hasta una hora después, momento en que han llegado a mis oídos unos golpes de pala de enterrador totalmente inusuales. Estos americanos, qué ganas de enterrar gente a estas horas. Si cuando esta gente se pone, se pone. El ruido, tétrico e insistente, me ha echado de la cama y me ha llevado primero a la ventana y luego al portátil.

Los golpes de pala procedían de un paisano que estaba tratando de eliminar la nieve de la acera, seguido por otro ser bastante inquietante con impermeable amarillo y que andaba con un saco bastante pesado y de contenido desconocido. El tipo me recordó al destripador de “El último gran héroe”, claro que en cuanto me puse las gafas comprobé que lo que estaba echando en la calle era sal y no restos humanos.

descarga

Bueno, pensé, tampoco es para tanto, tú eres serrana aguerrida, una capita de nieve de la que podemos encontrar en mi pueblo cualquier día de invierno y no pasa nada. Se coge el coche, se va uno hasta el atasco de la A6 y llega tarde simplemente porque dos torpes han clavado el coche en una placa de hielo y se han roto un par de faros y el parachoques. Y punto. En este caso, botines con suela de goma y tacones al maletín para cambiarse y listos. Hasta que con los ojos ya acostumbrados a la oscuridad, me fijé en algo blanco que batía con furia una farola. Era el viento. De viento nada. Un maldito vendaval que arremolinaba los copos desde el suelo hasta donde se perdía la vista. Eso no lo he visto yo en la vida. Agarro el móvil y me quedo ojiplática. Vientos en torno a los 50 km/h.

nieve ny

Empiezo a pensar que el de la pala, en realidad, está entrenando para ir recogiendo guiris cuando caigamos al suelo desprevenidos, según vayamos saliendo de nuestras madrigueras. No sé si llamar a Amazon express y que me traigan un trineo o bien unas palas para la nieve. Aunque me parece que esto de la transformación digital no me va a ayudar mucho en este caso. Creo que un perro sanbernardo me vendría mejor por eso de que me puede arrastrar al otro lado de la acera con ciertas garantías de llegar a la oficina, aunque sea rebozada en nieve.

Que sí, que no sabéis cómo está esto. A ver si me va a pasar como a María Sarmiento, que se fue a hacer pis y se la llevó el viento.

Seguiremos informando, que esto promete.