Perretes 4.0

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Domingo de veterinario, llevando al animalito a rastras para vacuna y pedicura, coincido en la consulta con una runner que se ha encontrado un perrillo perdido -con collar y chip, al menos-. Como la mujer tiene buen corazón, lo acerca al veterinario en vez de a la policía, donde iría de cabeza a la perrera.

El veterinario se afana en acceder a la base de datos de chips de identificación. Tras hacer dos llamadas para recuperar la contraseña, consigue por fin entrar en la aplicación y mirar el chip del can, a ver si se puede localizar a su dueño. Pero oh, tristeza, oh consternación, resulta que el veterinario madrileño puede acceder a la base de datos pero NO puede visualizar el nombre ni el teléfono del dueño asociado al chip porque se ha implantado en Galicia. Kafkiano. ¿Pero quién habrá hecho el diseño de este sistema? ¿El oso Yogui? ¿Alguien en su sano juicio confía en que los bichos no se muevan nunca de su comunidad autónoma? ¿O las personas, si a eso vamos?

Dado que estamos a 600 kilómetros del lugar, y el bicho no tiene pinta de haber hecho el Camino de Santiago él sólo, llegamos a la conclusión de que el dueño tiene que andar por los alrededores. El chucho no parece abandonado, no está ni inquieto ni triste, sino más bien curioso y pasota. La runner, compadecida, se lleva al animal de paseo a ver si por un casual encuentra al dueño en el poblado de okupas de la zona.

Es decir, que en este país de pandereta, si sales de tu comunidad, no puedes ponerte enfermo ni perder al perro, porque vas listo en ambos casos.

Interoperabilidad, dicen. A ver si es verdad, porque antes de zambullirnos en los data lakes, habría que empezar por cosas tan simples y superadas como unificar las bases de datos caninas y que si un perro aparece La Coruña, puedan avisar a su dueño aunque el bicho haya nacido en Madrid. O multarte por no recoger las cacas, que los argumentos recaudatorios son mucho más efectivos. Y que si pierdes el equipaje con tus medicinas para el corazón, te las puedan reponer en cualquier farmacia, y no tengas que volverte a tu comunidad de origen para que te vuelvan a extender la receta -eso sí, electrónica-. Aún recuerdo cuando empezaba aquéllo de la receta electrónica y en Extremadura andaban mirando un estándar para Cáceres y otro para Badajoz. A punto estuvieron de hacer uno para La Serena, pero se cortaron.

Esto del chip perruno -y gatuno- da mucho juego. Hace unos años mis hijos se empeñaron en que habían encontrado al “gatito perdido”, un lindo animalito cuyas fotos con mirada lastimera circulaban por la urbanización.

Así que me convencieron para llevarlo a nuestro veterinario y que le pasaran el escáner de chip. El gato ya venía un poco agobiado por la presencia de abundantes pelos de perro en el coche y el sobeteo continuo de mis hijos, que ya se veían padres adoptivos del bicho. Según entramos, y dada la abrumadora mayoría de población perruna, el gato entra en barrena psicótica y me clava las uñas tratando de subirse más allá de mi coronilla. Consigo contener al bicho sin sufrir demasiadas lesiones, pero el pobre está de los nervios.

El veterinario accede a la susodicha base de datos y consigue llamar a la presunta propietaria del animal. La conversación va tomando matices insospechados, que escucho a trozos mientras intento vigilar que mi hija no se infle a chuches para perros y que mi hijo no destruya el recogedor de cacas automático que tienen en la tienda de mascotas:

“Que sí, que el chip de este gato está a tu nombre. Sí, al tuyo. ¿Cómo que el gato está en tu casa? Pues perdona, pero aquí hay uno con chip y es tuyo, te lo garantizo. Ah. ¿Que se escapó de casa? Ya… ¿Que igual bajaste del árbol al gato equivocado? No me digas. Si, claro, negro-negro. De arriba a abajo, sin una sola mancha blanca y con los ojos muy verdes. Te aseguro que es él, tengo a una clienta con tu gato, que dice te espera.”

Entonces el veterinario, tratando de no ahogarse de risa, me informa.

Que resulta que el gato que tengo agarrado a mi nuca, es propiedad de una de mis vecinas y -afortunadamente para el gato- paciente de la clínica y residente en la localidad.

Que según comenta la mencionada vecina, hace un par de días se le perdió el animalito, pero que lo encontró subido a un árbol y se lo llevó a casa, donde sigue cómodamente instalado.

Que según todos los indicios, parece ser que el okupa erróneamente rescatado del árbol se adaptó rápidamente a su nuevo hogar, usurpando la identidad y residencia del verdadero gato doméstico que -hasta ahora- se veía obligado a vivir bajo las azaleas de la entrada.

Lo dicho. Vamos a terminar todos con un chip en el cuello, no vaya a ser que seamos malignos suplantadores. Yo no me dejo, os lo voy avanzando.

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Drones banusinos

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Andan los ánimos un tanto exaltados por Banús. Creo que se debe al exceso de madrileños por metro cuadrado,  que traemos el estrés, las prisas y el agobio de serie.

Quizá no nos demos cuenta, pero los lugareños nos fichan ipso facto, según descargamos el hardware playero del coche en menos tiempo del que tarda el equipo de Alonso en cambiar las 4 ruedas a falta de dos vueltas.

Hoy teníamos trifulca familiar en el chiringuito y todo apuntaba a que la cocina no iba a estar disponible. Es lo que tienen los negocios familiares. Lo malo es que el grifo de cerveza tampoco, y hoy hace un calor importante.

La familia madrileña que se ha instalado a nuestra vera ha tardado 15 minutos en llegar, alborozarse, ponerse la mamá un sombrero muy stylish,  untar de crema a las criaturas,  desplegar las toallas en las hamacas,  tener una breve dicusión y levantar el campamento a la vista de la no disponibilidad  de la cerveza -y sin duda del servicio de restaurante-. No he podido resistirme. He abierto mi neverita y he sacado una cerveza helada, se que el “chasss” de la apertura les ha sumido en la envidia más corrosiva. La mirada de la hembra alfa ha estado entre el odio, el pasmo y la rendida admiración. Mi manada esta a salvo de las contingencias. Pobrecillos.  Van a llegar 6 sin reserva a las 14:00 a un restaurante marbelli. Crisis matrimonial a la vista, profetizo. Eso sí,  nos vendrían bien las cervecitas de grifo y unos victorianos con limón, no os lo niego. A ver si mañana han arreglado sus desavenencias y se restablece el ANS habitual.

Ayer me sorprendió un dron sobrevolando la playa, deteniéndose con impunidad sobre las tumbonas. Que bien me vendría tener un águila imperial de mascota. “Ataca Lola!” y Lola atrapa el dron entre sus garras y lo deposita delicadamente mar adentro sobre la ola que más le guste.

“¿Mama eso es legal?” Preguntan mis hijos. Pues hijo tan legal como que yo coja el móvil y le haga una foto a las lorzas de mi vecina. La playa es un sitio público. Cosa distinta es que la colega se levante y me arree una muy merecida torta por ordinaria. El dron planea impunemente sobre las hamacas y contraataco con la cámara de mi móvil. No me preocupa tanto que sus imágenes acaben en Facebook o incluso en LinkedIn. Me parece peor que terminen -no se sabe como- en poder de Watson y que en breves minutos aparezca una zodiac de greenpeace llena de activistas al rescate y me lleven a los mares del ártico a vivir feliz con mis congéneres marinos. Mi hijo localiza al dueño enseguida. El dron regresa obediente hacia un ser encapuchado que podría ser el hermano mayor de frodo bolson, o luke skywalker jugando al escondite; con un pedazo de mando a distancia que camufla bajo una toalla. Parece una jaima ambulante, el tío.

Lola. Que bonito nombre para mi águila.  Creo que incluso podría llevarse al fulano este a algún campamento islámico de los que hay allende el estrecho, para que espabile. Eso sí, que lo deposite con cariño y elegancia.

Big data y cochinillo

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Tras 15 días de inmersión exhaustiva en el mundo del business intelligence, he llegado a la conclusión de que el Big Data es como el cochinillo de mi suegra: 4 kilos es inaceptable, de 3 kilos no existen; un animalito de 3,5 kilos es exactamente lo adecuado. Esto va de precisión matemática, casi un ritual, como saben muchos carniceros de Madrid y alrededores de la sierra que han sufrido sus -justificadas- iras. Si te piden un bicho de 3,5 kgs, pues eso es lo que tienes que entregar. Mira que es fácil.

Un buen consejo a las recién incorporadas en esto de los matrimonios es que jamás se les ocurra competir con su suegra en materias culinarias. Nunca en la vida podrás superar a 20 años de experiencia. Por eso yo me especializo en acuerdos de nivel de servicio totalmente diferentes o -como mucho- complementarios. Me explico. Si tienes una suegra que borda el cochinillo, los callos a la madrileña y los asados de todo tipo, ni te molestes. Las comparaciones son odiosas y no llevan a nada excepto a competiciones absurdas y pérdida de mercado. Entérate de qué demanda el resto de los usuarios -principalmente tu suegro, key user donde los haya- y especialízate en ello. Es decir, cocido maragato, canelones, carrilleras, y carabineros a la sal. Tendrás un cliente fiel de por vida. Que la carta de servicios sea complementaria. Y chinpun. Rara vez hago un asado, y desde luego, si se da el caso ni se me ocurre pasar por el Quality Assurance de mi suegra.

Pues con esto del business intelligence pasa lo mismo. No es hacer un bocata ni una merendola. Es complicado de narices. Requiere materia prima, tiempo, prudencia y conocimiento ancestral del mercado y de la evolución de las tecnologías. Y si la materia prima no es excelente -o lo que es lo mismo, los datos no están bien-, te sale -en el mejor de los casos- un asado mediocre que encima te sienta mal, o traducido a lenguaje BI, un cuadro de mando que te cuenta mentiras. He llegado a la conclusión de que no tiene el menor sentido el ponerte a competir con los recién llegados. ¿Que algunos hacen una pizza de peperoni estupenda y además usan masa congelada? Pues me parece muy bien. Yo, directamente, crío a los cochinillos, me los llevo de paseo y además construyo el horno donde asarlos.

Luego llegan los estrellamichelín, que dicen que tu cochinillo no tiene orégano, mozzarella ni pimiento verde. Claro. Es lo que pasa cuando no tienes suegra y te alimentas de Telepizza. Que cualquier asado miserable perpetrado en un restaurante de menú semanal te parece el cochinillo más sublime del mundo. Y lo peor es que se lo recomiendas a los amigos. Ay, señor. Santa paciencia y resignación.

Neoyorquina adoptiva 3

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No sé qué pensar de NY. Desde luego, tenemos cosas en común. Nueva York, la ciudad que nunca duerme. ¿Y porque no duerme?  ¿Por glamour? ¿Por vida nocturna? Pues no. Es que aquí no hay forma humana. Circulan con los trailers por el corazón de Manhattan a las 5 de la madrugada como si estuvieran en el rally Paris Dakar perseguidos por todas las furias. ¿Pero dónde compra las bocinas esta gente, por amor de Dios, en los astilleros de Ferrol? ¿Es que esperan cruzarse con el Queen Mary en la séptima con la 34?  Un día me van a matar de un infarto, mientras me despierto aterrorizada porque sueño que un mercancías de la Renfe me va a pasar por encima.

En las calles de Madrid -pongamos un equivalente, que sería Serrano esquina Jorge Juan-, montas ese pollo y al día 2 están los vecinos montando una barricada para reventarte todas las ruedas del trailer por simpático. No sales vivo, suponiendo que los municipales no te hayan inmovilizado previamente el cacharro por escándalo público.

Claro, luego ves los camiones y te lo explicas, igual que los bichos en Latinoamérica; así es el mosquito, así es la rana. Tu pides un café en el starbucks y te endiñan un pozal que tardas la vida en bebértelo. Lo alucinante es que no te despierta, por eso ves a la gente tomándose uno detrás de otro como si fueran biberones mientras tú te vas cayendo de sueño por las esquinas.

Eso sí, esta gente es super religiosa. No les queda otra, imagino. Lo sé muy bien porque tengo una iglesia justo bajo la ventana de mi habitación. Yo creo que hasta que no han llegado todos los de Queen y el Bronx a la misa de 07:00 en el centro de Manhattan, no dejan de tocar las campanas, no vaya a ser que alguno no se haya enterado. Así se aseguran de que venga hasta el camionero, que supongo habrá dejado aparcado el trailer en el muelle 86 del west side junto al portaaviones Intrepid, para que se hagan compañía.

Aquí todo es enorme, menos el metro, que no es que sea grande,  no. Es que puedes vivir en él. Hay gente durmiendo en los vagones, pero no te asustes, no es que sean homeless ni delincuentes, es que sencillamente no pudieron bajarse en su parada en su día y viven allí.Tu vas tan tranquilo en tu vagón, rodeado de otros guiris y paisanos, y de pronto oyes una voz de ultratumba que dice muy educadamente por la megafonía “Este tren ya no para en Cuatro Caminos, va a dar un par de vueltas por la Almunia de Doña Godina, y previo pase por Benicarló, verá si te deja en Nuevos Ministerios”. Pues algo parecido. Si lo entiendes bien, y si no, pues también. Se sabe de grupos enteros de coreanos que han establecido colonias en el metro por no entender las instrucciones de la megafonía. Así está el ambiente de animado, claro. Una fiesta.

Y qué decir de la cerveza. En España pides “cerveza” como genérico y te traen una caña. Aquí no, la medida estándar es una pinta, y según como te vean de talla, te sirven cosas de litro para arriba. Ah, y el vino del país. Que maravilla. Los tintos, inmejorables para guisar carrilleras al vino. También tienen un blanco -Chardonnay por mas señas- que para abrir mejillones al vapor tiene que ir de escándalo. Eso sí, no te lo bebas a menos que quieras tener acidez el resto de la semana. Yo creo que en algún sitio de la etiqueta pone “no apto para consumo humano”, pero como nadie se lo lee, pues así van. Criaturicas.

En fin, que ya me queda menos y estoy deseando volver a Madrid, tomarme una copa de verdejo o un rioja, un cortado de postre y dormir del tirón -al menos- 4 horas. Dios mío, que hermosura. Lágrimas en los ojos tengo sólo de pensarlo.

Neoyorquina adoptiva 2

Sabía yo que esto iba a dar juego. Está la ciudad en zafarrancho de combate. El proceso de entrada en la oficina, laborioso. Analizo desde la ventana de mi habitación el modus operandi de los paisanos expertos en caminar en estas circunstancias. Van en manadas, como las cebras, y pegados a las paredes. Así se protegen unos a otros del viento y la nieve. El que va primero, generalmente, no se percata de que está haciendo de parapeto a los demás. Salgo del hotel en un rapto de valentía y el viento me azota la cara. No veo ninguna manada a la que unirme. Suerte que el portátil me hace de contrapeso. No se ve el asfalto bajo la capa de nieve, no distingo acera de calzada. Seguro que ya tengo a 6 o 7 paisanos a rebufo cobijándose de la ventisca a mi costa, pero como el viento está a punto de arrancarme las lentillas de los ojos, no me atrevo a mirar hacia otro sitio que no sea hacia abajo. Tengo las pestañas llenas de nieve. Llevo paraguas pero si lo abro salgo volando con portátil y todo. Unos copos de nieve gordos y enormes se meten hasta el corvejón. Llegué a la recepción, good morning my friend, i come to the training. Será un training de Yetis, debe pensar el de seguridad

A las 5,30 acaba el día 1 del curso y abandonamos el edificio de la oficina, para tratar de avanzar de nuevo hasta el hotel, que -hay que mencionar- está en la acera de enfrente. Camino con mucho cuidado, metiendo mis timberland hasta el tobillo en una nieve sucia y medio helada. Y yo tengo suerte, porque a una de mis colegas americanas la ha sorprendido el temporal y ha venido pertrechada con unas escotadas bailarinas y sin calcetines. Lo más adecuado para meter en la nieve los pies hasta los tobillos. Válgame criatura, vete a Macys a por unas botas de agua, que te van a tener que amputar los dedos de los pies.

Subo a la habitación y me encuentro con una amable notita de la dirección del hotel. Que por la tormenta de nieve el servicio es limited (vamos, que me apañe como pueda). Huyo de la zona catastrófica que es mi cuarto y bajo a cazar algo de cena. Ayer ví un montón de sitios, la mayoría de takeaway. A ver si consigo una ensalada y algo de fruta. Comienzo a caminar entre el viento aullador, tratando de no resbalar en la nieve helada y romperme el coxis, este país no es el mejor sitio para acabar en un hospital y menos en mitad de una emergencia. El truco está en pisar con fuerza y decisión, como las modelos rusas, aunque la realidad es que terminas pareciendo un percherón haciendo surcos. También es bueno pisar sobre la huella que haya dejado otro, no importa si está llena de agua sucia. Experimentar pisando en una montaña de nieve virgen sin saber qué hay -o no- debajo, no es nada recomendable.

Mi espíritu aventurero va a costarme caro, lo sé. No veo nada abierto, los sitios de la séptima están cerrados. Claro. La gente, simplemente, no ha ido a trabajar. Parezco la huérfana Annie buscando alimento cuando veo el cartelito salvador “Sushi”. Ah, el mundo asiático, estos sí que son currantes. Bueno. Pues vamos allá. Según entro en el desierto y minúsculo garito comprendo que he cometido un tremendous error. Pero bueno, es que tampoco hay nada abierto y no me seduce nada el restaurante del hotel. Visto lo que ha pasado con el servicio de habitaciones, de cena tendrán helado de Yeti. Pido un combo de sushi. Le pregunto si lo tiene ya preparado. Me contesta que sí, me cobra e inmediatamente se pone a perpetrar el menú. Típico. Lo cierto es que tarda poco, pero prefiero no mirar sus maniobras ni el aspecto de los pescados que hay en la vitrina. Glacias, glacias, haveaniceday, las narices, a ver qué me ocurre cuando me coma ésto. Igual me convierto en Gozilla. Además, como aquí todo es grande, me ha preparado unos niguiris del tamaño de bollicaos. Yo esto no me lo como ni tras dos meses de dieta. En caso necesario, ¿cómo demonios me deshago del sushi sin servicio de habitaciones? ¿Qué hago? ¿Lo camuflo disimuladamente en un montón de nieve? ¿Lo dejo en la nevera hasta que críe? No me va a quedar otro remedio que comérmelo. Dios cuánto me equivoco.

Entro en hotel con mi lamentable captura, sin saber si comerlo o enterrarlo, y decidida a ponerme el pijama, abrir el portátil para hacer los deberes y no menearme del cuarto hasta mañana. Los días son muy largos (con esto del jet lag amaneces tipo 4) y estoy cansada. Me encuentro en el hall con mi compi holandesa, que se dispone a salir. Se queda mirando el sushi consternada. Que visto que la delegación española soy yo y mi circunstancia, me invita a unirme -a partir de mañana- a la panda de holandeses para irnos por ahí a cenar. Esto se va animando. Tengo curiosidad por ver cómo tiene los pies mi colega americana, y si han tenido que amputarle algún dedo. Claro, que la holandesa debe estar pensando cómo me habrá sentado el sushi con aspecto radiactivo y si vendrá el enterrador de la pala a retirar mi cuerpo mañana.

Y ya por último os dejo en primicia algunas imágenes de hoy. Iba a poneros las del sushi pero os las ahorro:

Neoyorquina adoptiva I

El destino me ha puesto por delante quince días de formación en NY, lo cual está muy bien, siempre y cuando no te pille una nevada ventisquera, que es el caso.

Aunque a las 04:35 hora local me he despertado (y dando gracias porque he batido mi récord de sueño en estos casos), he conseguido volver a dormirme hasta una hora después, momento en que han llegado a mis oídos unos golpes de pala de enterrador totalmente inusuales. Estos americanos, qué ganas de enterrar gente a estas horas. Si cuando esta gente se pone, se pone. El ruido, tétrico e insistente, me ha echado de la cama y me ha llevado primero a la ventana y luego al portátil.

Los golpes de pala procedían de un paisano que estaba tratando de eliminar la nieve de la acera, seguido por otro ser bastante inquietante con impermeable amarillo y que andaba con un saco bastante pesado y de contenido desconocido. El tipo me recordó al destripador de “El último gran héroe”, claro que en cuanto me puse las gafas comprobé que lo que estaba echando en la calle era sal y no restos humanos.

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Bueno, pensé, tampoco es para tanto, tú eres serrana aguerrida, una capita de nieve de la que podemos encontrar en mi pueblo cualquier día de invierno y no pasa nada. Se coge el coche, se va uno hasta el atasco de la A6 y llega tarde simplemente porque dos torpes han clavado el coche en una placa de hielo y se han roto un par de faros y el parachoques. Y punto. En este caso, botines con suela de goma y tacones al maletín para cambiarse y listos. Hasta que con los ojos ya acostumbrados a la oscuridad, me fijé en algo blanco que batía con furia una farola. Era el viento. De viento nada. Un maldito vendaval que arremolinaba los copos desde el suelo hasta donde se perdía la vista. Eso no lo he visto yo en la vida. Agarro el móvil y me quedo ojiplática. Vientos en torno a los 50 km/h.

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Empiezo a pensar que el de la pala, en realidad, está entrenando para ir recogiendo guiris cuando caigamos al suelo desprevenidos, según vayamos saliendo de nuestras madrigueras. No sé si llamar a Amazon express y que me traigan un trineo o bien unas palas para la nieve. Aunque me parece que esto de la transformación digital no me va a ayudar mucho en este caso. Creo que un perro sanbernardo me vendría mejor por eso de que me puede arrastrar al otro lado de la acera con ciertas garantías de llegar a la oficina, aunque sea rebozada en nieve.

Que sí, que no sabéis cómo está esto. A ver si me va a pasar como a María Sarmiento, que se fue a hacer pis y se la llevó el viento.

Seguiremos informando, que esto promete.

Ya vienen los Reyes

abuelas

Y que manía con que no existen, oye. Que me lo digan a mí, que me toca pasar la noche en vela hasta que llegan sus majestades a la terraza con su habitual despliegue de camellos, pajes, elfos subcontratados y demás personajes. Creo que he conseguido mi objetivo, que es mantener en mis hijos la ilusión por los Reyes sine die. Sobre todo con el mayor, de 15. “Ya verás, ya, cuando seas padre y te toque conocer a los Reyes. Te vas a enterar (me refiero a la pasta que se va a fundir en regalos, claro, ). Me mira con complicidad, se ríe y se lleva al perro a pasear hasta el buzón, para a echar la carta y la de su hermana.

Lo de los Reyes se ha consolidado en la familia desde que pasó a mejor vida el Sr. Pérez, para gran alivio de mi hija, que se moría de miedo ante la sola idea de que un ratón subiera a su cama para coger sus dientes. “Mamá, ya sé que el ratoncito pérez no existe! Bueno, que no venga no quiere decir que no exista, lo que pasa es que como ya no crees en él, pues no viene, que es distinto”. Silencio sepulcral. Ostras. Un ratón que deja calderilla, pues vale, pero los reyes… no vayamos a liarla, no vaya a ser que dejen de venir. Y por si las moscas, se siguen haciendo los locos, igual que se ha hecho siempre. Ya ni preguntan. Porque la emoción de los niños también tiene su reflejo en la de los padres, la ilusión por esa noche, la elección o adivinanza de los regalos, preparar todo el stage, oído avizor por si alguno se le ocurre salir de su madriguera antes de tiempo. Mi padre, QEPD, solía prepararnos trampas, por si osábamos entrar en el salón antes de las 7 de la mañana, hora límite en que el nerviosismo infantil alcanza cotas insoportables. La última que recuerdo fue una mesita con una pila enorme de libros atada con un cordel al pomo de la puerta. Mis hermanos y yo pegamos un salto comparable al de una gacela fintando a un guepardo, mientras mis padres se hacían los dormidos y -me imagino- lloraban de risa.

Espero al menos que este año los camellos se porten un poco mejor, acabo de leer que ya no vienen de Egipto. No tengo yo mucha fe en que no zancocheen como tienen por costumbre, y me pongan el salón perdido de hojas de lechuga, pero ya veremos. De Cantabria son, nada menos. Entre los camellos cántabros y las águilas cazadrones, este mundo no lo conoce ni la madre que lo parió.

No hay nada que supere la ilusión de los más pequeños en la cabalgata de reyes. Por muy absurdos que sean algunos mayores, empeñados en destrozar la emoción de la espera de la mañana de reyes, y a cuantos más niños mejor. Incluyo en este elenco a políticos miserables, periodistas torpes e incluso profesores desalmados. Algunos psicólogos se empeñan en que no hay que mentir a los niños y desde que son tiernos infantes, es mejor privarles de la ilusión no vaya a ser que se traumaticen. Aguafiestas. Los niños necesitan emoción e ilusión, si no la viven ellos, ya me diréis quién. A los mayores la vida ya se ocupa de arrancárnosla de cuajo. Bueno, menos a mí, que sigo creyendo en los Reyes Magos, principalmente porque no tuve psicólogo de cabecera y mis padres se ocuparon de que siempre hubiera una chispa de magia en la noche del 5 al 6 de Enero.

Por último, recordaros que a los camellos hay que dejarles agua, y yo personalmente les dejo en el balde algo de lechuga, que les chifla. Son bastante guarros y los dejan todo hecho un asco, pero una vez al año tampoco pasa nada. Aunque visto que vienen de Cantabria, igual les dejo unas tostaditas de queso picón, cualquiera sabe.

Hale, que os traigan muchas cosas!